miércoles, 14 de enero de 2009

Goethe: Iniciado


Alquimista y masón, científico y poeta, Johann Wolfgang Von Goethe es considerado uno de los seis escritores más importantes de la literatura universal. Lo que muchos desconocen, es la importancia que tuvo el ocultismo en su formación.


Nacido el 28 de agosto de 1749 en Frankfurt del Main, Goethe, coetáneo de Mesmer, Cagliosto y la Revolución Francesa, conoció un mundo lleno de sucesos misteriosos que ya no se consideraban inalcanzables para el entendimiento y donde las interpretaciones religiosas eran dejadas de lado a favor de la ciencia.

En 1774 una curiosa novela publicada bajo el título de Penas del joven Werther conmocionó a toda Europa provocando incluso suicidios. El argumento consistía en una trágica historia cuyo protagonista, enamorado de una mujer comprometida, decide quitarse la vida. Esta novela, aunque fue censurada por la Iglesia por justificar el suicidio –todavía hoy un tabú para los católicos- obtuvo un éxito sin precedentes y consagró a su desconocido autor, el joven Wolfgang von Goethe. La obra se convirtió rápidamente en la obra emblemática del Romanticismo y del movimiento artístico, incipiente en la época, conocido como Sturm und Drang (Tempestad e Impulso).

Goethe es considerado uno de los seis escritores más importantes de la literatura universal. Lo que muchos desconocen, es la importancia que tuvo el ocultismo en su formación.

En el año 1755 quedó sumamente impresionado a causa del terremoto que asoló Lisboa. El fuerte seísmo le hizo preguntarse “sobre la sabiduría y la clemencia de un Dios que deja a la merced de tal ruina tanto al justo como al injusto”. Por otra parte, su abuelo materno parece ser que poseía el don de interpretar los sueños, facultad que supuestamente heredaría el joven Goethe.

Durante su vida le sucedieron extraños hechos: en Estrasburgo, a la edad de 22 años, el joven acababa de despedirse de su amada, Federica Brion, y se disponía a regresar a casa cuando observó que un jinete se dirigía a su encuentro. Al llegar a su altura pudo comprobar que era él mismo, aunque vestido con una capa gris que él no poseía entre su vestuario. Aquella visión fue interpretada por Goethe como el presagio de que volvería a Sesenheim a encontrarse de nuevo con su amada. No volvió a retomar aquella relación jamás, sin embargo, ocho años más tarde regresó a la misma ciudad, vistiendo la misma capa que su “doble” utilizó en la supuesta visión premonitoria.

Además, en 1783, Goethe presintió que una oleada de espantosos terremotos se abatiría sobre Europa. Dos semanas después de la premonición, llegaron noticias de un fuerte seísmo ocurrido en Mesina (Italia).

En su autobiografía, Goethe cuenta que siendo niño predijo la muerte de un niño ante su propia madre. Estas visiones premonitorias las tuvo en numerosas ocasiones, según puede interpretarse a través de su obra. Tuvo además una especie de episodio de desdoblamiento (además de la visión de su doble anteriormente mencionada).

Esta serie de extrañas experiencias infundieron sin duda en Goethe la idea de la existencia de un mundo suprasensible regido por leyes secretas que él intentó descubrir en manuscritos medievales sobre cabalística y alquimia. A partir de entonces comenzó a interesarse por las organizaciones iniciáticas.

En una ocasión Goethe tuvo una extraña enfermedad que le hacía vomitar sangre. Acudió a un médico llamado Metz, personaje enigmático, conocedor de la medicina de Paracelso y de la tradición rosacruz. Éste logró curarle administrándole extraños remedios que además proporcionaron a Goethe una vitalidad insólita. Tras este episodio, despertó en Goethe un gran interés por la filosofía y las ciencias de la naturaleza.

El llamado Aurea catena Homeri, un tratado de alquimia medieval, pasó a ser su libro de cabecera, importante para el inicio de sus estudios científicos sobre las plantas y los colores. Estudió entonces a Paracelso, a Cornelius Agrippa y a Giordano Bruno, entre otros. En 1770 se instala en Estrasburgo de nuevo para reanudar los estudios de derecho que había comenzado años atrás. El doctor Metz le facilitó por entonces el ingreso en la comunidad de los Hernhuter, una sociedad secreta pietista basada en la obra del alquimista Jacob Boëhme y en las ideas de Spinoza, donde se congregaba un buen número de ocultistas.

La conexión de Goethe con círculos de iluminados y organizaciones secretas es, según la autora, sobradamente conocida: existen documentos, en el archivo de Weimar, que prueban que fue iniciado en 1780 en la logia masónica Amalia y que, con el tiempo llego a alcanzar el máximo grado, el 33. Su obra cumbre es sin duda Fausto. Este drama refleja todas las pruebas por las que ha de pasar el iniciado. Cuando en 1771 regresa de Estrasburgo a Frankfurt para instalarse como abogado, ya llevaba un esbozo del primitivo Fausto, el Urfaust, que acabaría en 1773, aunque la primera parte de la obra no la terminó hasta 1790, y la segunda hasta 1832, un año antes de su muerte.

Hacia finales de la década de los setenta del siglo XVIII su etapa de búsqueda ocultista dio paso a la científica. Hacia 1780 comenzó sus estudios sobre biología (que influirían en Darwin), óptica y paleontología. Asimismo, destacó como investigador de los fenómenos de la percepción cromática, que expuso en su obra Teoría de los colores. Ese interés por la ciencia natural transformó al Fausto de su obra mítica de criminal inconsciente, aunque bueno, en un ser lúcido pero cansado de la ciencia convencional, de tal modo que invoca con artes mágicas al Espíritu de la Tierra para que le ayude a encontrar la verdad. Goethe, hacia el final de su vida, confesó a su secretario, Eckermann, que el núcleo esencial de Fausto estaba encerrado en un único verso: “Quien siempre aspira y se afana (por superarse), a ése le podemos salvar” (Fausto II). El 22 de marzo de 1832, momentos antes de morir, acompañado de su nuera Ottlia, dijo simplemente: “Abrid los postigos para que entre más luz”

1 comentario:

javier dijo...

nunca pude leer fausto. jamas tuve el dinero.