martes, 6 de enero de 2009

La batalla del paso de las Termópilas


Durante la Segunda Guerra Médica se produjo un épico enfrentamiento (uno más entre los muchos que se llevaron a cabo en aquellos tiempos) en un estrecho desfiladero situado en la confluencia de varias pequeñas naciones griegas.

Luego del fracaso de Maratón, Jerjes, el rey de Persia, viajó con 200000 soldados para una nueva invasión a Grecia en finales del verano del año 480 a.c. En el mar 750 naves de guerra atacarían a la flota griega, casi toda ateniense.

Ubicado el ejército invasor en el norte, el paso de las Termópilas era el único camino para llegar al sur, un pasaje de sólo 15 metros de ancho. Leónidas, general espartano, fue el encargado de resistir el área. Él y unos 300 soldados óblitas previamente preparados para la muerte se unieron a otros 7000 hombres de Atenas y otras partes del país.

Lienzo que describe la batalla (1814, Museo de Louvre) Leónidas sabía que perdería la batalla, sin embargo debía luchar hasta morir, tal como le enseñaban a los luchadores espartanos. Reconstruyeron el muro que rodeaba Termópilas para impedir cualquier paso persa que no sea por el corredor, para posteriormente desechar la propuesta de Jerjes para una paz y así evitar el derramamiento de sangre. Mientras tanto, una intensa tormenta causó grandes daños en la marina persa causando gran enojo en Jerjes. Aún así, el rey persa estaba seguro de que el mayor número de hombres (la relación fue de casi 30 a 1) era suficiente para una victoria rápida.

El 18 de agosto, tras cuatro días de preparaciones, empezó la lucha. Los persas se dieron cuenta que la estrechez del campo de batalla diluía su ventaja numérica, cayendo uno a uno ante la mejor armadura griega. Rápidamente el paso se convirtió en un campo de muerte, en la que ni siquiera las mejores tropas de Jerjes pudieran hacer algo por impedirlo. Al caer la noche, los persas se retiraron para idear otro plan de ataque.

Al día siguiente Jerjes armó una brigada de élite para destruir la defensa griega, con la amenaza de la muerte en caso de retroceder. Nuevamente fueron aniquilados. Jerjes tuvo que suspender el ataque al ver cómo caían sus mejores hombres y la moral de su ejército.

Sólo una cosa podía vencer a los griegos: la traición. Efíates fue comprado por los persas para que les mostrara un camino que pudiera rodear el paso de las Termópilas. Los persas rodearon el lugar durante la noche.

El 20 de agosto fue el día decisivo de la lucha. Los defensores, diezmados en número en los días previos, fueron rodeados y la lucha ésta vez fue desigual. Hacia el mediodía los pocos que quedaban en pie resistían con las manos y pies cuando sus armaduras ya no les eran inútiles. Cuando ya no había casi nada por qué luchar, los arqueros persas lanzaron sus flechas hacia los griegos para no desperdiciar más hombres. El cuerpo inerte de Leónidas fue encontrado y decapitado para mostrar su cabeza al ejército, pero su moral ya estaba dañada por la inmensa cantidad de hombres que perdieron peleando contra sólo unos cuantos. Estaban preocupados por el futuro que les iba a esperar más adelante. Aún así, la batalla de las Termópilas había terminado a su favor.

Aunque Grecia perdió la batalla y el camino hacia Atenas estaba abierto, aquellos defensores se hicieron de un nombre como símbolo de heroísmo, tal como lo quería Leónidas.

El vuelo 19



Uno de los más grandes misterios de la historia de la aviación militar ocurrió el 5 de diciembre de 1945, cuando seis aviones desaparecieron misteriosamente en el fatídico Triángulo de las Bermudas.

En la base aérea de Fort Lauderdale en Florida (Estados Unidos), los entrenamientos a los nuevos pilotos no cesaba aún cuando la Segunda Guerra Mundial había terminado hace meses. Ya en un acto de rutina, un grupo de aviones Avenger estaban listos para volar en unas prácticas. Debían ir 250 kilómetros al este en línea recta, dar vuelta al norte y regresar a la base.

El cielo estaba despejado, el sol brillando y el mar calmado. Al mando del vuelo número 19 estaba el teniente Charles Taylor, que debía orientar a los otros cuatro cazas, de tres pilotos cada uno (pero antes de despegar uno de ellos se reportó enfermó partiendo 14). Los aviones tenían la suficiente cantidad de combustible como para la hacer la misma misión tres veces seguidas.

A las dos de la tarde del 5 de diciembre de 1945 los cinco Avenger partieron de la base encontrando el buen tiempo que los meteorólogos predecían. Durante los primeros 90 minutos las comunicaciones entre el escuadrón y Fort Lauderdale eran normales; pero a las 3:45, a pocos minutos de regresar los aviones, un mensaje alertó a todos. Taylor informó que se habían perdido, que no podían avistar tierra.

En dicho mensaje afirmaban que el mar se había enrarecido, ni siquiera podían establecer una posición. La comunicación se cortó por una extraña estática en la zona. Los radioperadores en tierra buscaban restablecer por todos los medios el contacto, pero sólo podían escuchar el ruido de los motores, mas no las voces de los pilotos. A las 4 volvió Taylor a transmitir de forma entrecortada, confirmando que el desconocimiento de su posición... y que el mar había adquirido un extraño color blanco.

Desconcertados, la base trató de restablecer el contacto como sea. Nuevamente el escuadrón se dejó escuchar: "Estamos completamente perdidos, y parece que...". Fin de la comunicación.

La base de Fort Lauderdale, al no poder contactarse otra vez con el vuelo 19, se comunicó con todas las embarcaciones en el área sin éxito. Se envió como primera iniciativa al hidroavión Martin Mariner, experto en este tipo de búsquedas, a unos 150 kilómetros al noreste de la base naval de Banana River, lugar donde se estimó podrían estar los aviones perdidos.

El Martin Mariner logró contactarse con el escuadrón perdido. La comunicación, que también fue escuchada en la base, fue tan cortante como misteriosa. El hidroavión, luego de pedirles la altura para tener contacto visual con ellos, recibió entre la interferencia una respuesta: "¡No nos sigan!". Ésa fue la última vez que se supo algo del vuelo 19.

Durante los siguientes siete minutos el Martin Mariner buscó por toda la zona a los aviones en constante contacto con la base... hasta que de repente también dejó de transmitir. Ni siquiera se pudo establecer una corta comunicación como si ocurrió con los Avengers. Ésa fue la última vez que se supo algo del hidroavión.

De inmediato el presidente de los Estados Unidos, Harry S. Truman, ordenó un operativo de gran envergadura en todo el Triángulo de las Bermudas para buscar esas naves. Ésta sería la mayor operación de búsqueda de la historia, así como una de las más infructuosas: arrasaron el lugar y no encontraron nada, ni siquiera una mancha de aceite.

El misterio que rodeó (y aún rodea) lo que pasó aquel día no hizo más que incrementar la leyenda de la maldición de el Triángulo de las Bermudas.