martes, 20 de enero de 2009

El Caso Rudolf Fentz, viajero espacio-temporal



Una noche de junio de 1950, un hombre vestido de una manera inusual, fué visto en Times Square, Nueva York. El personaje, que parecía tener unos treinta años, paseaba entre la multitud a la salida de un teatro. Llevaba una ropa anticuada; un sombrero alto. Iba calzado con zapatos con hebilla. Los testigos declararon haberlo visto inmovil en mitad de un cruce,"observando asustado" los vehículos y semáforos, como si núnca hubiera visto nada igual. Finalmente pareció darse cuenta del tráfico y comenzó a cruzar sin preocuparse del paso de los vehículos. Un taxi lo alcanzó de lleno y cuando fueron a ayudarle ya estaba muerto.



Transportado a la morgue, se examinaron los objetos que llevaba encima. Había entre ellos: una pieza de bronce desmonetizada; la nota de una caballeriza de Lexington Avenue, que tenía escrito: "Por la alimentacion y alojamiento de un caballo, 3 dolares". Llevaba tambien 70 dolares en billetes antiguos; algunas tarjetas de visita con el nombre de Rudolf Fentz, residente en la Fifth Avenue, y una carta dirigida al portador que llevaba el sello postal de junio de 1876. En ninguno de estos objetos se apreciaba el paso del tiempo, ni el desgaste debido a un largo uso. Las primeras investigaciones se dirigieron a la dirección que había en las tarjetas de visita. Nadie conocía a Rudolf Fentz, cuyo nombre no figuraba en las guias telefónicas, ni tampoco existía registro alguno de su identidad o huellas digitales. El capitán de policía que llevaba el caso indagó en registros de años anteriores y descubrió a un tal Rudolf Fentz Jr. ya fallecido, cuya viuda vivía en Florida.



Se puso en contacto con ella y al preguntarle por su marido, esta le explicó que su marido había muerto 5 años atras. Tambien le explicó que el padre de su marido, del mismo nombre, había desaparecido misteriosamente en 1876. Una noche de primavera de aquel año, salió a pasear y núnca más se supo de él. Su familia realizó largas y costosas busquedas, sin que ninguna aportara rastro alguno de su paradero.En el momento de su desaparición, el padre de su marido tenia 29 años. La edad y la descripcion de la ropa que llevaba, correspondian exactamente con los de la victima de Times Square. El capitán de policía halló tambien una lista de personas desaparecidas en 1876, y el nombre de Rudolf Fentz figuraba en ella. Si no existiera constancia de este hecho tan insólito, seguramente pensaríamos que se trata de una historia de ficción. La verdad es que el tal Rudolf Fentz, probablemente no haya sido el único "viajero espacio-temporal".



¿No le habrá ocurrido esto mismo a muchos de los miles de desaparecidos cada año en cualquier parte del mundo?

El Papa del año mil: Gerberto de Aurillac Silvestre II


Uno de los personajes más controversiales y más enigmáticos que se conociera en la iglesia católica de la edad media lo es sin dudas el conocido como el Papa del año Mil. Los enigmas de un sabio medieval adelantado a su tiempo, cabezas parlantes, astrolabios, relojes de agua, máquinas precursoras de las computadoras y de las modernas escrituras secretas son algunos de los inventos del increible Gerbert d'Aurillac.

Acusado de pactar con el diablo y de inspirarse en obras de autores herejes, este sabio medieval fue un adelantado de su tiempo, un hombre anomalo dentro del Vaticano, un esoterista que busco en cabala, el sufismo, la astrología y hasta en el islamismo una fuente renovadora de sabiduria.



Maravillaba a la gente de su época con tantos conocimientos y talento, lo que le generó odio y envidia de todo tipo. Cautivaba a la aristocracia y a los sabios. La vida de Silvestre II está envuelta en un halo de misterio. Se sostiene, como parte de la leyenda en torno a él, que en el mismo instante en que él venía al mundo, un gallo cantó tres veces a miles de kilómetros de allí, en un valle de Jordania, y su sonido se escuchó incluso en Roma.

Un hecho parece haber marcado su infancia dice que cerca de Aurillac, vivía un ermitaño, que había sido un antiguo clérigo. Éste era temido por todos, y se hacía llamar Andrade. Habitaba en una cueva y se autoproclamaba descendiente de los druidas que allí celebraron rituales y sacrificios a sus divinidades. El pequeño Gerbert, impulsado por la curiosidad, venció su miedo y fue a visitarle. El anciano, se dice, que le predijo un futuro magnífíco y, en contra de la voluntad de su padre, el pequeño Gerbert empezó a frecuentar la madriguera de Andrade. Según reza la leyenda, fue allí que recibió sus conocimientos de magia celta.

Entre esta mezcla de fábulas y hechos reales, se destaca una leyenda, según la cual su tumba, en la Iglesia de San Juan de Letrán, destila agua, y ese fluir, junto al ruido de huesos, que algunas veces se dice que se oye en su sepulcro, "anuncia la muerte de un papa".



Astrología, matemáticas, música, filosofía, alquimia... Prácticamente no hubo ninguna parcela del conocimiento en la que este singular personaje no dejara su impronta creativa. Entre el mito y la leyenda, entre la espiritualidad y el esoterismo, la figura del Papa del Año 1000», aún nos sigue intrigando hoy día.

Napoleón y la gran piramide


El 1º de Julio de 1798 Napoleón Bonaparte, a la edad de 28 años, llega al puerto de Alejandría a bordo de su buque insignia "L'Orient", el barco del Almirante Francois-Paul Brueys D'Aigalliers, una fenomenal nave de 120 cañones, que comandaba una flota de más de 400 naves, 50.000 soldados, 1.000 piezas de artillería y 700 caballos, tras una singladura por el Mediterráneo que había comenzado en mayo del año anterior y que duraría casi tres años.

Sin embargo hay actuaciones de Napoleón durante este periodo que, según muchos autores, no obedecieron a una motivación estratégica o simplemente militar.


El amanecer del 13 de agosto de 1799, Napoleón Bonaparte, empapado en polvo y sudor, emergió de entre los bloques de la Gran Pirámide, cerca de El Cairo. El héroe corso había decidido pasar sólo una noche en el vientre del más emblemático monumento faraónico movido por un oscuro propósito que habría de quedar sepultado para siempre y es que, tras regresar pálido y desencajado de su aventura, el entonces aún prometedor general revolucionario jamás reveló qué fue a hacer entre aquellas piedras milenarias.

La gran epopeya de juventud de Napoleón había comenzado, en realidad, el 19 de mayo de 1798, en el puerto francés de Toulon. El Directorio posrevolucionario de París le había puesto al frente de una flota de 328 embarcaciones y más de treinta mil hombres, cuya misión fue considerada secreta hasta bien entradas las primeras semanas de navegación. Casi nadie abordo sabía cuál era el destino de aquella operación, aunque después de conquistar Malta y desposeerla de sus riquezas, los rumores se dispararon: el rumbo fijado era... ¡Egipto!

Napoleón Bonaparte En efecto. Después de desembarcar en el Delta del Nilo el primero de julio de 1798, los acontecimientos se precipitaron. Sólo veinte días después, cerca de las célebres pirámides de Giza, los hombres de Napoleón tuvieron su primer enfrentamiento con los mamelucos que gobernaban entonces el país. Aliados de los británicos, los hombres de Murad Bey sumaban seis mil jinetes, doce mil fellahs y una multitud de tropas no regulares armadas con sables y lanzas. Sin embargo, su superioridad numérica –Napoleón había dividido ya a sus hombres en varios frentes–, se vendría abajo ante las tácticas de los franceses.

Tras su espectacular victoria, el corso puso rumbo a aquellas tres montañas de piedra que dominaban el paisaje, y ordenó a varios de sus hombres y sabios que las exploraran a fondo.

Aquella fue, que se sepa, la primera vez que un grupo tan abultado de europeos penetró en la Gran Pirámide. Curiosamente, no todos eran militares. En otra de sus decisiones sin precedentes, Bonaparte había embarcado en su flota a 167 sabios de las más variadas disciplinas, con el propósito de radiografiar Egipto de arriba abajo y arrancarle sus milenarios secretos. Pues bien: fue uno de aquellos científicos, un jovencísimo François Jomard, quien descubrió que las galerías de acceso al corazón de la Gran Pirámide eran empinadas, pequeñas y estaban prácticamente bloqueadas por excrementos de murciélago. Allá dentro apestaba, era difícil respirar y –para colmo de males– no parecía existir nada de valor. Los franceses alcanzaron la Gran Galería de la pirámide en busca de tesoros inexistentes y en su interior dispararon sus armas, sobrecogiéndose ante la resonancia del lugar.

En aquellos días de fuertes calores, los franceses despejaron también parte de la plataforma sobre la que hoy se levanta la Gran Pirámide, calcularon sus dimensiones originales y la escalaron. Jomard se quedó lívido al comprobar que los egipcios emplearon en su construcción medidas como el estadio, el codo o el pie, que eran fracciones exactas del tamaño de la Tierra . "Nos han transmitido el patrón exacto de la dimensión del globo terráqueo y la inapreciable noción de la invariabilidad del Polo" , escribió.

Pero, ¿conocían los antiguos arquitectos de aquellas moles las dimensiones de nuestro planeta? Ni que decir tiene que sus conclusiones levantaron agrias polémicas entre los sabios del grupo, sobre todo cuando Jomard planteó que la Cámara del Rey del monumento tal vez no sirvió nunca de tumba, sino de "patrón de medida" destinado a conservar algún remoto conocimiento matemático.

Napoleón, absorto por tantos descubrimientos, se entretuvo en cálculos más prácticos: con las piedras de la Gran Pirámide y de las dos grandes moles vecinas, podría construir un muro de tres metros de altura por casi uno de espesor, que rodeara toda Francia. Además, se maravilló por la precisa orientación de sus caras a los cuatro puntos cardinales.

Experiencia mística

Desgraciadamente, apenas existen datos precisos sobre lo que hizo exactamente el general Bonaparte en aquellos remotos días en Giza. Los expertos que consulté entraban en frecuentes contradicciones y aportaban fechas equívocas para un hecho que –desde mi punto de vista– tuvo consecuencias trascendentales en la vida de Napoleón: su noche en el interior de la Gran Pirámide.

Napoleón en Giza Según explica Peter Tompkins en su clásico Secretos de la Gran Pirámide, Bonaparte no entró en ese monumento hasta casi un año después de vencer a los mamelucos de Murad Bey. Fue el 12 de agosto de 1799, a su regreso de una breve campaña bélica por tierras de Siria y Palestina, cuando el general aceptó sumergirse en sus entrañas. "En un determinado momento –explica Tompkins –, Bonaparte quiso quedarse solo en la Cámara del Rey, como hiciera Alejandro Magno, según se decía, antes que él."

Sin quererlo, Tompkins daba una clave preciosa para deshacer el enigma. En efecto, como el corso, otros grandes militares de la historia habían decidido pasar una noche entre aquellas piedras. Seducido por las leyendas locales –incomprobables, por otra parte– que sugerían que Julio César y Alejandro pasaron la prueba de pernoctar en la Gran Pirámide, Napoleón terminó con sus huesos dentro del monumento. Bob Brier, paleopatólogo y uno de los más prestigiosos egiptólogos de nuestros días, reduce el problema a que el corso "por lo visto, creía en las propiedades mágicas de la pirámide".

El propio Brier, en su ensayo Secretos del Antiguo Egipto mágico, aclara qué propiedades eran ésas. Según los Textos de las Pirámides, grabados sobre monumentos de la V Dinastía, apenas un siglo más modernos que la Gran Pirámide, esos monumentos eran una especie de "máquinas para la resurrección" de los faraones. Este proceso –dicen esos antiguos salmos religiosos– se componían de tres fases: la primera, el despertar del difunto en la pirámide; la segunda, su ascensión al más allá, atravesando los cielos, y la tercera, su ingreso en la cofradía de los dioses . ¿Buscaron, pues, César, Alejandro y Napoleón esa peculiar iniciación faraónica?

Napoleón y la esfinge

En el caso de este último, no es difícil afirmarlo. Cuando Bonaparte llegó a Egipto, había devorado ya toda clase de literatura de la época, en la que se mitificaba la sabiduría de los antiguos constructores de pirámides. Incluso había escrito algún que otro cuento de indudable tufillo oriental . El corso consultó, sin duda, la obra del abad Terrasson Sethos ou vire tirée des monuments et anecdotes de l’ancienne Egypte (1733), un bestseller de su tiempo en el que se imaginan las pruebas iniciáticas a las que el faraón Seti debió someterse en la Gran Pirámide. Lo curioso es que semejante creencia venía de muy antiguo, y aunque Terrasson la magnificó, reflejaba algo indudablemente real: que el interior de la Gran Pirámide había sido frecuentado por reyes posteriores a Keops, probablemente para participar en extraños ceremoniales.

Hoy sabemos que uno de los más famosos fue el llamado Hebsed, una fiesta en la que se creía que el faraón se rejuvenecía accediendo a los secretos de la vida eterna, y que se celebraba cada treinta años de reinado o cada vez que la salud del monarca flaqueaba. Casualmente, Napoleón, aquella noche del 12 de agosto, estaba a sólo tres días de cumplir esa edad. Mi duda es, pues, más que pertinente: ¿fue iniciado como los faraones cuando se acercaba su trigésimo cumpleaños?

Se trata de algo más que una especulación. No en vano, junto a Napoleón viajaron a Egipto un buen número de masones, algunos de los cuales eran destacados generales como Jean Baptiste Kléber o Joachin Murat. Gérard Galtier, el más concienzudo de los historiadores modernos de la francmasonería, señala que los franceses exportaron los ritos masónicos a Egipto durante la campaña napoleónica, especialmente del llamado Rito de Menfis . Él mismo cita un documento de puño y letra de uno de los Grandes Maestres de ese Rito, Solutore Zola, pariente del famoso escritor galo del mismo apellido, en el que afirma que Bonaparte y Kléber "recibieron la iniciación y la filiación del Rito de Menfis de un hombre de edad venerable, muy sabio en la doctrina y las costumbres, que se decía descendiente de los antiguos sabios de Egipto". Y añade: "La iniciación tuvo lugar en la pirámide de Keops y recibieron como única investidura un anillo" .

Este documento, fechado en 1863 (seis décadas después de los hechos), no es, desde luego, probatorio. Pero aun cuando no puede afirmarse con seguridad que Napoleón fuera masón, sí es cierto que siempre estuvo rodeado de ellos. Su padre lo fue, su hermano mayor José –que llegó a ser rey de España– también, e incluso su esposa Josefina fue Gran Maestre de una logia femenina. A ese respecto, sabemos que fue iniciada en Estrasburgo en compañía de su marido de entonces, Alejandro de Beauharnais .

Napoleón Visto así, no es extraño que a Napoleón se le señalara como militante de una misteriosa logia conocida como Hermes Egipcio , o que a muchos de los sabios que le acompañaron –como Monge, Norry, Saint-Hilaire y otros– se les acusara de pertenecer a la logia de los sophisiens, que anualmente se reunían en París para celebrar cierto "banquete egipcio" . Incluso en obras contemporáneas al corso, como las Mémoires historiques et secrets de l’impératrice Joséphine, publicada en 1820 por cierta señora Lenormand, se recoge una confesión de Bonaparte a su esposa: "He consumido mi vida entre movimientos continuos", dice, "que no me han dejado ni un solo minuto para cumplir mis deberes de iniciado a la secta de los egipcios" .