jueves, 15 de enero de 2009

Serendipia / Sincronicidad

A lo largo de la Historia ha habido coincidencias que iban mucho más allá de lo que cualquier imaginación pueda elucubrar. En no pocas ocasiones los números concretos, el enigmático mundo de las cifras repetitivas, nos ha dejado algunos de estos fenómenos que son el límite de lo que podemos considerar casualidad.

Sir Robert Horace Walpole, creador del termino "Serendipity".


Serendipia, palabra acuñada por Sir Robert Horace Walpole en 1754 tras leer la obra The Three princess of Serendip, una aventura ubicada en un reino persa en el que tres protagonistas "descubrían por accidente cosas que en ese preciso instante no estaban buscando".

Extraña facilidad que al parecer poseían los príncipes orientales y que apasionó a Walpole llevandole a investigar sobre ella. Y de esos primeros estudios, trufados como no podía ser de otro modo de fortuitos hallazgos, nació el término. Lo más curioso es que ese lugar no era ficticio, como en un inició pensó. Existía físicamente. Se trataba de Sri Lanka (Isla de Ceilán) y su nombre procedía del antiguo vocablo tomado del árabe serendib. Jamás lo supo Walpole, quien peleó denodadamente para homologar aquella nueva palabra. Su lucha fue en vano mientras vivió, ya que no fue hasta 1974 cuando la academia inglesa la aceptó definitivamente. Resulta curioso, desde ese mismo momento, la serendipia ha ido consolidándose como término de estudio científico y probabilístico. Desde hace una década ha sido resucitado como acepción técnica por la prestigiosa Scientific American como referencia a estas coincidencias difícilmente explicabas y que rompen las barreras de lo casual. Poco a poco, bajo esas letras se han ido agolpando fenómenos apasionantes, trágicos unos y felices otros, que no ha quedado más remedio que aceptar dada su rotunda veracidad. Un dato de¡ interés social que se desprende por estas ¿coincidencias? lo demuestra el hecho de que recientemente el prestigioso diccionario de Manuel Seco -Español actual- haya incluido la palabra, definiéndola como ' facultad de hacer un hallazgo o descubrimiento afortunado de manera accidental".

El grito de "EUREKA" que pronunció Arquímedes significa "lo encontré". Aquella jornada, en los baños públicos, mantenía su cabeza trabajando a todo ritmo en una serie de problemas matemáticos por resolver. El cuerpo, por lo tanto, bien merecía un descanso. Nadie sabe exactamente qué ocurrió, pero ese día el sabio se fijó con detalle en cómo su anatomía, tras un tropezón, se volvía más liviana conforme se sumergía y hacía rebosar el agua por fuera. Un sencillo cálculo le demostró que el proceso era proporciona¡ en cada una de las inmersiones, y con algarabía imaginable concluyó su inmortal principio nacido del accidente.

En la desvencijada cátedra de anatomía de Bolonia, en Italia. Corría el año de 1786 y el profesor Luigi Galvani diseccionaba cuidadosamente una rana para demostrar a sus alumnos uno de sus últimos avances en el arte de la incisión. No se había puesto el Sol cuando fortuitamente un ayudante no demasiado atento al proceso produjo una chispa al apoyarse en una máquina electrostática. La punta del escalpelo de Galvani hizo de conductor y pasó al batracio que, ante el espanto de los presentes, comenzó a convulsionarse violentamente. El profesor, impresionado, intentó reproducir el experimento varias veces, poniendo en peligro su propia vida, consciente de que algo clave para el conocimiento humano acababa de acontecer en aquella habitación. Los estudiantes asistían al acto en completo silencio. "Cuando una de las personas tocó ligeramente los nervios de la rana con el bisturí -dijo el doctor en una carta oficial-, los músculos se contrajeron de nuevo impulsados por continuos calambres'. En la pequeña sala, concebida para una clase más de anatomía, se acababa de descubrir la "corriente eléctrica". Un nuevo universo inexplorado que en un principio Galvani bautizó como "electricidad animal'. El cambio de paradigma en toda la Ciencia fue radical, imprevisto. los nervios ya no eran canales con fluidos como había sentenciado Descartes, sino transmisores de electricidad a través del cuerpo. Se acababan de sentar las bases de la neurología y la neurofisiología, y todo gracias a una rana muerta y a un misterioso golpe de azar.

Veinticuatro años más tarde, los mismos calambrazos los sufrió Allessandro Volta cuando experimentaba las teorías de Galvani. Un accidente en el que se derramó cierto líquido sobre planchas de metal le condujeron al descubrimiento increíble de la pila eléctrica. Todo ocurrió tras una serie de percances que, entrelazados en una misma jornada, le llevaron a la conclusión -aceptada posteriormente en todo el mundo- de que la génesis de la electricidad se producía tras la conexión de dos metales dispares a través de una solución electrolítica.

En mayo de 1979, la escritora de cierta fama en los setenta, Judy Wax. con el fin de presentar su obra Starting in the míddle, tomó el vuelo 191 de American Airlines, un DC-10 lleno con despegue en Los Ángeles y aterrizaje en Chicago. Muy cerca de esta ciudad el avión se estrelló, muriendo todos los pasajeros en el acto. Curiosamente en la página 191 de aquel su último libro comentaba su miedo cerval a volar. Sus lectores se quedaron horrorizados por la coincidencia, pero más aún cuando repararon que esa misma semana la gruesa revista Chicago, en los kioscos desde hacía una semana, reproducía una última entrevista a la escritora. Una entrevista normal en toda regla de no ser por su ubicación; la página 191. En ella una fotografía la última de la escritora, espantados, los lectores comprobaron cómo si ésta se ponía al trasluz, se superponía perfectamente con un anuncio de la página siguiente. Un anuncio de la American Airlines anunciando su vuelo 191 a bordo del confortable DC-10.

Numeros.

La fobia a algunos números sincrónicos debería estar permitida en casos como el del atormentado compositor alemán Richard Wagner, a quien se le debería haber diagnosticado tricadeicafobia en grado máximo (aversión al número 13).

Su curiosa biografía, analizada punto por punto por el sagaz estudioso Gregorio Doval, nos muestra que la sombra de ese digito siempre le persiguió incansablemente.

Wagner nació en 1813 -cifras que de por sí suman 13-, su nombre y apellido tenían 13 letras, sintió su primer impulso musical un 13 de octubre, sufrió un destierro de 13 años acosado por sus numerosos acreedores, compuso 13 óperas, estreno una, la más célebre, -Tanhauser- un 13 de abril. En París -donde se presentó un 13 de marzo de 1845- fue censurada durante cincuenta años, justo hasta su reposición un 13 de mayo de 1895. Su primera actuación se produjo en Riga (Letonia) en un teatro inaugurado un 13 de septiembre, y gran parte de su existencia la pasó en Bayeuth, en una posada inaugurada un 13 de agosto y que abandonó arruinado el 13 de septiembre. El también compositor, además de suegro y protector, Franz Liszt, le visitó por última vez el 13 de enero de 1833, observando en él una penosa enfermedad. Una dolencia terrible que, adivinen, lo alejó del mundo de los vivos exactamente un mes después, cuando el viejo calendario mostraba la hoja de un desapacible 13 de febrero.

Probabilidades.

Es difícil calificar de meramente accidental la historia del comandante galés Joseph Surfolk, alcanzado de pleno por un rayo en la campaña de noviembre de 1939. Excluido de las trincheras con parálisis en las extremidades inferiores fue ingresado en un hospital de Gales donde cayó otro rayo que le dejó un brazo y la mitad izquierda superior del cuerpo sin movimiento. En su apacible retiro inglés, en el jardín junto a su familia, fue alcanzado por otro en pleno día, sin apenas rastro de tormenta. Era 1948 y quedó completamente inmóvil. Un año después una descarga proveniente del cielo penetraba en su alcoba y lo atravesaba de parte a parte matándolo en el acto. Lo más tenebroso es que sobre el panteón familiar, y afectando únicamente a su nicho, se precipitó otro rayo en 1960. Ni los sepultureros se atrevieron a acercarse hasta que llegó la policía. Todo el mundo conocía su triste historia.

Y este caso no es único. Otro 'pararrayos humano' fue el guardabosque de Milwaukee Roy Charles Sullivan, alcanzado siete veces por la furia de la Naturaleza. La primera vez (1942) sólo perdió la uña del dedo gordo del pie. Por fortuna, Sullivan estaba un paso más atrás de la muerte. La segunda y tercera (1969 y 1970) le carbonizó las cejas y el hombro izquierdo. En 1972, una chispa de rayo le abrasó todo el pelo y un año después la pierna derecha. La penúltima etapa de su calvario se produjo en 1976, cuando se abrieron graves heridas en pecho y estómago a raíz de una nueva descarga que le sorprendió en un patio interior. Finalmente murió en 1983, pero no por lo que todos hubiésemos imaginado. Según reza el periódico local se descerrajó un tiro en la sien, incapaz de proseguir con aquella terrorífica experiencia en la que se había convertido su vida.

Sin embargo, otros se han escapado milagrosamente de las fauces de la muerte por un proceso semejante y, por fortuna, feliz en comparación con los dos casos anteriormente mencionados. En esta ocasión los dados de un inexplicable azar quisieron bendecir a una serie de personas sin ninguna relación entre sí. ¿Cómo explicar de otro modo el hundimiento de un barco el 15 de diciembre de 1664 en el estrecho de Menay, en la costa del norte de Gales, catástrofe -82 pasajeros muertos- de la que se salvó únicamente un hombre llamado Hugh Williams? ¿Acaso es imposible no relacionarlo con el posterior accidente naval del 5 de diciembre de 1785 que arrojo un balance de 60 personas ahogadas y un superviviente que respondía a la identidad de Hugh Williams? ¿Y cómo no hilarlo definitivamente en trilogía con el suceso recogido en los expedientes policiales escoceses sobre el embarrancamiento y naufragio el 5 de agosto de 1860 de un tercer barco con 26 pasajeros de los que se salvó tan sólo uno cuyo nombre era Hugh Williams.

1 comentario:

[Neuromante] dijo...

la de viejo q le atacaban los rayos hasta en la tumba la jodio.

a todos nos pasan estas coincidencias en mayor o menor grado, constantemente y a veces no nos damos ni cuenta.