lunes, 12 de enero de 2009

Lluvias extrañas


Charles Fort, durante años se dedicó obstinadamente a reunir miles de datos donde cuenta de extrañas lluvias caídas en distintos sitios del planeta. Consiguió reunir más de 60 mil notas - todas extraídas de revistas y diarios muy renombrados - que daban cuenta de esas raras lluvias.

En el archivo de Fort hay comprobadas lluvias de peces sobre Londres y otras ciudades, lluvias rojas, negras y amarillas, lluvia de ranas caída de enormes bloques de hielo (algunos del tamaño de un elefante), lluvias de carne, de trozos de algodón, de lodo, de arena, y también de... sangre.

"En el año 1800, en Seringapatam, en la India, se registraron (según la revista Nature del 1° de noviembre, anota Fort) una sucesión de lluvias de granizo. Durante una de ellas se encontraron dos piezas de hielo que tenían el tamaño de un elefante pequeño. Ese mismo año, informes del instituto Smithsoniano revelan que en los EE.UU cayeron piedras de hielo de 2 y 3 kg. de peso."

"El 27 de febrero de 1877 en Penchloch, Alemania, cayó una espesa lluvia amarilla, color oro, cuya materia tenía 3 formas distintas: semejaban una flecha, un grano de café y un disco. No se encontraron trazas de polen y la sustancia despedía un fuerte olor animal. El análisis químico reveló la presencia de nitrógeno y amoníaco. Charles Fort - en su obra "El libro de los condenados" al hablar de esta lluvia - dice: "Tal vez fueran símbolos jeroglíficos de alguien que intentaba decirnos algo"."

"El 14 de febrero de 1870, cayó en Génova, Italia según el profesor Beccardo, director del instituto Genovés de Física, citado por Fort, una sustancia amarilla que cubrió las calles, al punto de que era difícil caminar. Según se estimó, la cantidad de esta materia amarilla que cubrió Génova era de aproximadamente 100 mil toneladas."

"El 30 de abril de 1887 se produjo una lluvia densa, ardiente, negra y pestilente. El mismo fenómeno se repitió el 9 de octubre de 1907 y el 2 de marzo de 1908. La "explicación" fue que se trataba de polvo de carbón que habría flotado en el aire desde las minas de Gales. Pero una lluvia similar se registró el 20 de enero de 1911 en Suiza y otra en el cabo de Buena Esperanza, el 5 de febrero de 1912. Según el reverendo James Rust una lluvia negra cayó en Slains, Escocia, el 14 de enero. Otra en Carluke, a 250 km. de Slains, el 1 de mayo. Y otros dos en este sitio el 20 de mayo de 1862 y el 21 de octubre de 1863. El informe químico identificó esta sustancia no como un producto volcánico o ceniza, sino como escoria de fundición. "Resulta imposible - dice Fort - imaginar que un producto artificial como es la escoria de hierro haya podido caer en tan grandes cantidades y en sitios tan distintos". Y agrega un dato sorprendente: El 9 de noviembre de 1819 cayó una lluvia negra de escoria de metal sobre una vasta zona de Canadá. Esta lluvia fue acompañada de una sacudida sísmica y de una intensa oscuridad aunque era pleno día.
No sólo caen - según Fort - diversos colores desde el cielo. En ciertos momentos de la historia, y en los más variados lugares, se produjo la precipitación de sustancias realmente increíbles."

"El 13 de agosto de 1819 en la ciudad de Amherst, en Massachusetts, un objeto misterioso, recubierto de una pelusilla como la que se encuentra en la fábrica de paños, se abatió contra el suelo. Separada la pelusa apareció una sustancia pulposa de color amarillento que despidiendo un olor muy nauseabundo, se volvió de color rojo vivo por el simple contacto con el aire."

"En Londres, la tarde del 5 de mayo de 1848, cayó una lluvia extrañísima. Traducida textualmente la nota de Charles Fort dice la siguiente: "A las 5 de la tarde el cielo estaba apacible sobre la ciudad de Londres. De pronto sin previo aviso, comenzó a soplar un fuerte vendaval que hizo volar a toldos y sombreros. El sol se apagó y una oscuridad densa se desplomó sobre la ciudad. Apenas se podía ver a dos pasos. A partir de ese momento comenzó a caer desde la alto un copioso chubasco de agua y peces. Durante casi 1 hora cayeron miles y miles de pequeños peces de una 15 cm de largo, de color plateado y grandes aletas. Examinados por los expertos no pudieron ser reconocidos. Se enviaron muestras a todas las Universidades de Inglaterra y ninguna pudo decir de que especie eran esos peces. Finalmente, una comunicación llegada desde el Cairo y firmada por el decano de la facultad de ciencias naturales de esa ciudad informó que esos peces correspondían a una especie de agua dulce que prolifera en el mar de Galilea. No se pudo explicar cómo habían caído sobre Londres esos peces que los palestinos llaman Pez de San Pedro."

"En agosto de 1894 , miles de medusas , grandes como un chelín , fueron señaladas sobre la ciudad de Bath, en Inglaterra. En el mismo momento no lejos de ahí, en Wigan, cayó una lluvia de pequeñas ranitas."

"En una nota tomada de Comptes Rendus, Fort anota que la "sustancia negra caída en Entre Ríos, Argentina, el 30 de junio de 1880 recuerda a ciertas formas de lignito". Es de color negro verdusco , similar a otras que se precipitaron en Francia (1868), Australia (1861), India (1867) y Portugal (1902)."

Fort, que murió en 1932 dejando muchos seguidores, no conoció la proliferación de los Ovnis. Como dijo Louis Pauwels - unos de sus discípulos más brillantes - tal vez hubiese anotado en su archivo que cuando cesaron las lluvias extrañas, apareció en el tranquilo horizonte del planeta una rara constelación de objetos voladores no identificados...

Tras la muerte de Charles Fort las lluvias acontecidas fueron más insólitas que las que describió:

Chaparrones de tela de araña mojando pueblos y ciudades, están desconcertando a meteorólogos del mundo entero, que no obtienen explicación a tan inusual y original fenómeno.

La caída más frecuente es la de trozos de hielo, que en algunas ocasiones pesan 45 kg. A estos le siguen las de ranas, peces y cangrejos, que parecen preferir ambientes fríos como los del norte de Gran Bretaña para caer.

Cabe señalar un suceso muy raro ocurrido un atardecer de verano de 1969: los ventanales de una hostería de los Alpes alemanes próxima a Oberstdorf fueron literalmente destrozados por una lluvia de monedas antiguas, en especial rupias, maravedíes y piastras. El violento chaparrón paleomonetario se repitió a la mañana siguiente, y atrajo a numerosos curiosos a la zona. La policía destacó en el lugar a 4 patrulleros y una unidad de perros especializados que rastrearon la zona sin encontrar pista alguna sobre el extraño ataque.
Los dueños del establecimiento declararon que durante las 2 precipitaciones de monedas se oyeron voces en lenguas extrañas, que algunos huéspedes interpretaron como griego antiguo y otros como sánscrito.

Quiero hacer mención de un caso ocurrido en Argentina (Buenos Aires), hace más de 45 años - con exactitud no poseo la fecha - según testimonios de personas que presenciaron el fenómeno: "Una lluvia de ranas en estado de congelación - como dentro de cubitos de hielo - cayó sobre la Capital Federal. No sólo cayeron ranas sino también rosa y flores en el mismo estado de congelación que las ranas..."

Durante 4 años, en la década de 1980, la población de Evans, Colorado (EE.UU), vio caer del cielo millones de granos de maíz , semilla que nadie cultivaba en 10 km. a la redonda. El fenómeno, aunque suene increíble, tuvo antecedentes documentados en Winchester, Inglaterra, y en otras partes del mundo.

Pero si consideramos a esta lluvia insólita... ¿qué podemos decir cuando son sapos, ranas y peces los involucrados? Como el caso ocurrido el 31 de marzo de 1977: Se desató una fuerte tormenta en Ohio, en los EE.UU. Luego de la misma, todos los jardines y espacios abiertos de la ciudad aparecieron cubiertos por sapos pequeños del tamaño de una uña.

En los primeros días de julio de 1979, la agencia soviética de noticias Tass - poco amiga de dar informes sensacionalistas - comunicó que una tormenta dejó caer millones de ranas sobre un poblado llamado Dargan-ata cerca del mar Aral. En este caso, la ciencia soviética intentó explicar el fenómeno argumentando que un remolino había succionado toda clase de objetos y animales de pequeño tamaño, llevándolos hasta las nubes. Una explicación a todas luces poco convincente.

Este tipo de relatos no es nuevo. Si nos remitimos a la Biblia, la descripción del Gran Exodo explica que el río "crió ranas", que entraron a todas las casas y subieron a las camas y a las mesas, cubrieron toda la tierra de Egipto, hasta el palacio del Faraón.

Tampoco hubo explicación para la lluvia conjunta de sapos y ranas el 30 de junio de 1892. La explicación de trombas que succionan los animales y los depositan a la distancia dejan sin responder cientos de preguntas, siendo la más evidente la relativa a la "selectividad" de los tornados, que parecen elegir sapos y no ranas, o al revés y, casi nunca ningún otro tipo de animal. Además, ¿de qué manera los anfibios transportados por el viento son depositados en las nubes, y desde allí, redistribuidos por la lluvia?

Hoy en día este increíble fenómeno no ha sido explicado. Si Fort viviera en esta época, gracias a los avances de la tecnología, lo que siempre muchos, no todos, tomaron como una leyenda o producto de la imaginación colectiva, ahora empezaría a ofrecer testimonios concretos, como fotografías y mayormente filmaciones. Esta prueba ante fenómenos de insólita naturaleza es más que contundente por lo general.

Tal vez, luego de leer esto, cuándo en una tormentosa lluvia observe el cielo, el recuerdo de lo que el cielo nos puede ofrecer y mostrar llenará cada rincón de su curiosa mente. Y como la frase bien dice: "Hay más cosas en el cielo y en la tierra de lo que podemos imaginar y comprender".

La ciudad sin nombre


Al acercarme a la ciudad sin nombre me di cuenta de que estaba maldita. Avanzaba por un valle terrible reseco bajo la luna, y la vi a lo lejos emergiendo misteriosamente de las arenas, como aflora parcialmente un cadáver de una sepultura deshecha. El miedo hablaba desde las erosionadas piedras de esta vetusta superviviente del diluvio, de esta bisabuela de la más antigua pirámide; y un aura imperceptible me repelía y me conminaba a retroceder ante antiguos y siniestros secretos que ningún hombre debía ver, ni nadie se habría atrevido a examinar.

Perdida en el desierto de Arabia se halla la ciudad sin nombre, ruinosa y desmembrada, con sus bajos muros semienterrados en las arenas de incontables años. Así debía de encontrarse ya, antes de que pusieran las primeras piedras de Menfis, y cuando aun no se habían cocido los ladrillos de Babilonia. No hay leyendas tan antiguas que recojan su nombre o la recuerden con vida; pero se habla de ella temerosamente alrededor de las fogatas, y las abuelas cuchichean sobre ella también en las tiendas de los jeques, de forma que todas las tribus la evitan sin saber muy bien la razón. Esta fue la ciudad con la que el poeta loco Abdul Alhazred soñó la noche antes de cantar su dístico inexplicable:

«Que no está muerto lo que yace eternamente
y con el paso de los evos, aun la muerte puede morir»


Yo debía haber sabido que los árabes tenían sus motivos para evitar la ciudad sin nombre, la ciudad de la que se habla en extraños relatos, pero que no ha visto ningún hombre vivo; sin embargo, desafiándolos, penetré en el desierto inexplorado con mi camello. Sólo yo la he visto, y por eso no existe en el mundo otro rostro que ostente las espantosas arrugas que el miedo ha marcado en el mío, ni se estremezca de forma tan horrible cuando el viento de la noche hace retemblar las ventanas. Cuando la descubrí, en la espantosa quietud del sueño interminable, me miró estremecida por los rayos de una luna fría en medio del calor del desierto. Y al devolverle yo su mirada, olvidé el júbilo de haberla descubierto, y me detuve con mi camello a esperar que amaneciera.

Cuatro horas esperé, hasta que el oriente se volvió gris, se apagaron las estrellas, y el gris se convirtió en una claridad rosácea orlada de oro. Oí un gemido, y vi que se agitaba una tormenta de arena entre las piedras antiguas, aunque el cielo estaba claro y las vastas extensiones del desierto permanecían en silencio. Y de repente, por el borde lejano del desierto, surgió el canto resplandeciente del sol, a través de una minúscula tormenta de arena pasajera; y en mi estado febril imaginé que de alguna remota profundidad brotaba un estrépito de música metálica saludando al disco de fuego como Memnon lo saluda desde las orillas del Nilo. Y me resonaban los oídos, y me bullía la imaginación, mientras conducía mi camello lentamente por la arena hasta aquel lugar innominado; lugar que, de todos los hombres vivientes, únicamente yo he llegado a ver.

Y vagué entre los cimientos de las casas y de los edificios, sin encontrar relieves ni inscripciones que hablasen de los hombres -si es que fueron hombres- que habían construido esta ciudad y la habían habitado hacía tantísimo tiempo. La antigüedad del lugar era malsana, por lo que deseé fervientemente descubrir algún signo o clave que probara que había sido hecha efectivamente por los hombres. Había ciertas dimensiones y proporciones en las ruinas que me producían desasosiego. Llevaba conmigo numerosas herramientas, y cavé mucho entre los muros de los olvidados edificios; pero mis progresos eran lentos y nada de importancia aparecía. Cuando la noche y la luna volvieron otra vez, el viento frío me trajo un nuevo temor, de forma que no me atreví a quedarme en la ciudad. Y al salir de los antiguos muros para descansar, una pequeña tormenta de arena se levantó detrás de mí, soplando entre las piedras grises, a pesar de que brillaba la luna, y casi todo el desierto permanecía inmóvil.

Al amanecer desperté de una cabalgata de horribles pesadillas, y me resonó en los oídos como un tañido metálico. Vi asomar el sol rojizo entre las últimas ráfagas de una pequeña tormenta de arena que flotaba sobre la ciudad sin nombre, haciendo más patente la quietud del paisaje. Una vez más, me interné en las lúgubres ruinas que abultaban bajo las arenas como un ogro bajo su colcha, y de nuevo cavé en vano en busca de reliquias de la olvidada raza. A mediodía descansé, y dediqué la tarde a señalar los muros, las calles olvidadas y los contornos de los casi desaparecidos edificios. Observe que la ciudad había sido efectivamente poderosa, y me pregunté cuáles pudieron ser los orígenes de su grandeza. Me representaba el esplendor de una edad tan remota que Caldea no podría recordarla, y pensé en Sarnath la Predestinada, ya existente en la tierra de Mnar cuando la humanidad era todavía joven, y en Ib, excavada en la piedra gris antes de la aparición de los hombres.

De repente, llegué a un lugar donde la roca del subsuelo emergía de la arena formando un bajo acantilado y vi con alegría lo que parecía prometer nuevos vestigios del pueblo antediluviano. Toscamente talladas en la cara del acantilado, aparecían las inequívocas fachadas de varios edificios pequeños o templos achaparrados, cuyos interiores conservaban quizá numerosos secretos de edades incalculablemente remotas; aunque las tormentas de arena habían borrado hacía tiempo los relieves que sin duda exhibieron en su exterior.

Las oscuras aberturas próximas a mí eran muy bajas y estaban cegadas por las arenas; pero limpié una de ellas con la pala y me introduje a gatas, llevando una antorcha que me revelase los misterios que hubiese. Una vez en el interior, vi que la caverna era efectivamente un templo, y descubrí claros signos de la raza que había vivido y practicado su religión antes de que el desierto fuese desierto. No faltaban altares primitivos, pilares y nichos, todo singularmente bajo; y aunque no veía esculturas ni frescos, había muchas piedras extrañas, claramente talladas en forma de símbolos por algún medio artificial. Era muy extraña la baja altura de la cámara cincelada, ya que apenas me permitía estar de rodillas; pero el recinto era tan grande que la antorcha revelaba una parte solamente. Algunos de los últimos rincones me producían temor; ya que determinados altares y piedras sugerían olvidados ritos de naturaleza repugnante e inexplicable que hicieron que me preguntase qué clase de hombres podían haber construido y frecuentado semejante templo. Cuando hube visto todo lo que contenía el lugar, salí gateando otra vez, ansioso por averiguar lo que pudieran revelarme los templos.

La noche se estaba echando encima; pero las cosas tangibles que había visto hacían que mi curiosidad fuese más fuerte que mi miedo, y no huí de las largas sombras lunares que me habían intimidado la primera vez que vi la ciudad sin nombre. En el crepúsculo, limpié otra abertura; y encendiendo una nueva antorcha me introduje a rastras por ella, y descubrí más piedras y símbolos enigmáticos; pero todo era tan vago como en el otro templo. El recinto era igual de bajo, aunque bastante menos amplio, y terminaba en un estrecho pasadizo en el que había oscuras y misteriosas hornacinas. Y me encontraba examinando estas hornacinas cuando el ruido del viento y mi camello turbaron la quietud, y me hicieron salir a ver qué había asustado al animal.

La luna brillaba intensamente sobre las primitivas ruinas, iluminando una densa nube de arena que parecía producida por un viento fuerte, aunque decreciente, que soplaba desde algún lugar del acantilado que tenía ante mí. Sabía que era este viento frío y arenoso lo que había inquietado al camello, y estaba a punto de llevarlo a un lugar más protegido, cuando alcé los ojos por casualidad y vi que no soplaba viento alguno en lo alto del acantilado. Esto me dejó asombrado, y me produjo temor otra vez; pero inmediatamente recordé los vientos locales y súbitos que había observado anteriormente durante el amanecer y el crepúsculo, y pensé que era cosa normal. Supuse que provenía de alguna grieta de la roca que comunicaba con alguna cueva, y me puse a observar el remolino de arena a fin de localizar su origen; no tardé en descubrir que salía de un orificio negro de un templo bastante más al sur de donde yo estaba, casi fuera de mi vista. Eché a andar contra la nube sofocante de arena, en dirección a dicho templo, y al acercarme descubrí que era más grande que los demás, y que su entrada estaba bastante menos obstruida de arena dura. Habría entrado, de no ser por la terrible fuerza de aquel viento frío que casi apagaba mi antorcha. Brotaba furioso por la oscura puerta suspirando misteriosamente mientras agitaba la arena y la esparcía por entre las espectrales ruinas. Poco después empezó a amainar, y la arena se fue aquietando poco a poco, hasta que finalmente todo quedo inmóvil otra vez; pero una presencia parecía acechar entre las piedras fantasmales de la ciudad, y cuando alcé los ojos hacia la luna, me pareció que temblaba como si se reflejara en la superficie de unas aguas trémulas. Me sentía más asustado de lo que podía explicarme, aunque no lo bastante como para reprimir mi sed de prodigios; así que tan pronto como el viento se calmó, crucé el umbral y me introduje en el oscuro recinto de donde había brotado el viento.

Este templo, como había imaginado desde el exterior, era el más grande de cuantos había visitado hasta el momento; probablemente era una caverna natural, ya que lo recorrían vientos que procedían de alguna región interior. Aquí podía estar completamente de pie; pero vi que las piedras y los altares eran tan bajos como los de los otros templos. En los muros y en el techo observé por primera vez vestigios del arte pictórico de la antigua raza, curiosas rayas onduladas hechas con una pintura que casi se había borrado o descascarillado; y en dos de los altares vi con creciente excitación un laberinto de relieves curvilíneos bastante bien trazados. Al alzar en alto la antorcha, me pareció que la forma del techo era demasiado regular para que fuese natural, y me pregunté qué prehistóricos escultores habrían trabajado en este lugar. Su habilidad técnica debió de ser inmensa.

Luego, una súbita llamarada de la caprichosa antorcha me reveló lo que había estado buscando: el acceso a aquellos abismos más remotos de los que había brotado el inesperado viento; sentí un desvanecimiento al descubrir que se trataba de una puerta pequeña, artificial, cincelada en la sólida roca. Metí la antorcha por ella, y vi un túnel negro de techo bajo y abovedado que se curvaba sobre un tramo descendente de toscos escalones, muy pequeños, numerosos y empinados. Siempre veré esos peldaños en mis sueños, ya que llegué a saber lo que significaban. En aquel momento no sabía si considerarlos peldaños o meros apoyos para salvar una pendiente demasiado pronunciada. La cabeza me daba vueltas, agobiada por locos pensamientos, y parecieron llegarme flotando las palabras y advertencias de los profetas árabes, a través del desierto, desde las tierras que los hombres conocen a la ciudad sin nombre que no se atreven a conocer. Pero sólo vacilé un momento, antes de cruzar el umbral y empezar a bajar precavidamente por el empinado pasadizo, con los pies por delante, como por una escala de mano.

Sólo en los terribles desvaríos de la droga o del delirio puede un hombre haber efectuado un descenso como el mío. El estrecho pasadizo bajaba interminable como un pozo espantosamente fantasmal, y la antorcha que yo sostenía por encima de mi cabeza no alcanzaba a iluminar las ignoradas profundidades hacia las que descendía. Perdí la noción de las horas y olvidé consultar mi reloj, aunque me asusté al pensar en la distancia que debía de estar recorriendo. Había giros y cambios de pendiente; una de las veces llegué a un corredor largo, bajo y horizontal, donde tuve que arrastrarme por el suelo rocoso con los pies por delante, sosteniendo la antorcha cuanto daba de sí la longitud de mi brazo. No había altura suficiente para permanecer de rodillas. Después, me encontré con otra escalera empinada, y seguí bajando interminablemente mientras mi antorcha se iba debilitando poco a poco, hasta que se apagó. Creo que no me di cuenta en ese momento, porque cuando lo noté, aún la sostenía por encima de mí como si me siguiera alumbrando. Me tenía completamente trastornado esa pasión por lo extraño y lo desconocido que me había convertido en un errabundo en la tierra y un frecuentador de lugares remotos, antiguos y prohibidos.

En la oscuridad, me venían al pensamiento súbitos fragmentos de mi amado tesoro de saber demoníaco: frases del árabe loco Alhazred, párrafos de las pesadillas apócrifas de Damascius, y sentencias infames del delirante Image du Monde de Gauthier de Metz. Repetía citas extrañas y murmuraba cosas sobre Afrasiab y los demonios que bajaban flotando con él por el Oxus; más tarde, recité una y otra vez la frase de uno de los relatos de Lord Dunsany: «La sorda negrura del abismo». En una ocasión en que el descenso se volvió asombrosamente pronunciado, repetí con voz monótona un pasaje de Tomás Moro, hasta que tuve miedo de recitarlo más:


Un pozo de tinieblas. negro
tomo un caldero de brujas, lleno
De drogas lunares en eclipse destiladas
Al inclinarme a mirar si podía bajar el pie
Por ese abismo, vi, abajo,
Hasta donde alcanzaba la mirada,
Negras Paredes lisas como el cristal
Recién acabadas de pulir,
Y con esa negra pez que el Trono de la Muerte
Derrama por sus bordes viscosos.


El tiempo había dejado de existir por completo cuando mis pies tocaron nuevamente un suelo horizontal, y llegué a un recinto algo más alto que los dos templos anteriores que, ahora, estaban a una distancia incalculable, por encima de mí. No podía ponerme de pie, pero podía enderezarme arrodillado; y en la oscuridad, me arrastré y gateé de un lado para otro al azar. No tardé en darme cuenta de que me encontraba en un estrecho pasadizo en cuyas paredes se alineaban numerosos estuches de madera con el frente de cristal. El descubrir en semejante lugar paleozoico y abismal objetos de cristal y madera pulimentada me produjo un estremecimiento, dadas sus posibles implicaciones. Al parecer, los estuches estaban ordenados a lo largo del pasadizo a intervalos regulares, y eran oblongos y horizontales, espantosamente parecidos a ataúdes por su forma y tamaño. Cuando traté de mover uno o dos, a fin de examinarlos, descubrí que estaban firmemente sujetos.

Comprobé que el pasadizo era largo y seguí adelante con rapidez, emprendiendo una carrera a cuatro patas que habría parecido horrible de haber habido alguien observándome en la oscuridad; de vez en cuando me desplazaba a un lado y a otro para palpar mis alrededores y cerciorarme de que los muros y las filas de estuches seguían todavía. El hombre está tan acostumbrado a pensar visualmente que casi me olvidé de la oscuridad, representándome el interminable corredor monótonamente cubierto de madera y cristal como si lo viese. Y entonces, en un instante de indescriptible emoción, lo vi.

No sé exactamente cuándo lo imaginado se fundió a la visión real; pero surgió gradualmente un resplandor delante de mí, y de repente me di cuenta de que veía los oscuros contornos del corredor y los estuches a causa de alguna desconocida fosforescencia subterránea. Durante un momento todo fue exactamente como yo lo había imaginado, ya que era muy débil la claridad; pero al avanzar maquinalmente hacia la luz cada vez más fuerte, descubrí que lo que yo había imaginado era demasiado débil. Esta sala no era una reliquia rudimentaria como los templos de arriba, sino un monumento de un arte de lo más magnífico y exótico. Ricos y vívidos y atrevidamente fantásticos dibujos y pinturas componían una decoración mural continua cuyas líneas y colores superarían toda descripción. Los estuches eran de una madera extrañamente dorada, con un frente de exquisito cristal, y contenían los cuerpos momificados de unas criaturas que superarían en grotesca fealdad los sueños más caóticos del hombre.

Es imposible dar una idea de estas monstruosidades. Era de naturaleza reptil con unos rasgos corporales que unas veces recordaban al cocodrilo, otras a la foca, pero más frecuentemente a seres que el naturalista y el paleontólogo no han conocido jamás. Tenían más o menos el tamaño de un hombre bajo, y sus extremidades anteriores estaban dotadas de unas zarpas delicadas claramente parecidas a las manos y los dedos humanos. Pero lo más extraño de todo eran sus cabezas, cuyo contorno transgredía todos los principios biológicos conocidos. No hay nada a lo que aquellas criaturas se pueda comparar con propiedad... fugazmente, pensé en seres tan diversos como el gato, el perro dogo, el mítico sátiro y el ser humano. Ni el propio Júpiter tuvo una frente tan enorme y protuberante; sin embargo, los cuernos, la carencia de nariz y la mandíbula de caimán, les situaba fuera de toda categoría establecida. Durante un rato dudé de la realidad de las momias, casi inclinándome a suponer que se trataba de ídolos artificiales; pero no tardé en convencerme de que eran efectivamente especies paleógenas que habían existido cuando la ciudad sin nombre estaba viva. Como para rematar el carácter grotesco de sus naturalezas, la mayoría estaban suntuosamente vestidas con tejidos costosos y lujosamente cargadas de adornos de oro, joyas y metales brillantes y desconocidos.

La importancia de estas criaturas reptiles debió de ser inmensa, ya que estaban en primer término, entre los extravagantes motivos de los frescos que decoraban las paredes y los techos. El artista las había retratado con inigualable habilidad en su propio mundo, en el cual tenían ciudades y jardines trazados según sus dimensiones; y no pude por menos de pensar que su historia representada era alegórica, revelando quizá el progreso de la raza que las adoraba. Estas criaturas, me decía, debían de ser para los habitantes de la ciudad sin nombre lo que fue la loba para Roma, o los animales totémicos para una tribu de indios.

Siguiendo esta teoría, pude descifrar someramente una épica asombrosa de la ciudad sin nombre: la crónica de una poderosa metrópoli costera que gobernó el mundo antes de que África surgiera de las olas, y de sus luchas cuando el mar se retiró y el desierto invadió el fértil valle que la mantenía. Vi sus guerras y sus triunfos, sus tribulaciones y derrotas, y después, su terrible lucha contra el desierto, cuando miles de sus habitantes -representados aquí alegóricamente como grotescos reptiles- se vieron empujados a abrirse camino hacia abajo, excavando la roca de alguna forma prodigiosa, en busca del mundo del que les habían hablado sus profetas. Todo era misteriosamente vívido y realista; y su conexión con el impresionante descenso que yo había efectuado era inequívoco. Incluso reconocía los pasadizos.

Al avanzar por el corredor hacia la luz más brillante, vi nuevas etapas de la épica representada: la despedida de la raza que había habitado la ciudad sin nombre y el valle hacía unos diez millones de años; la raza cuyas almas se negaban a abandonar los escenarios que sus cuerpos habían conocido durante tanto tiempo, en los que se habían asentado como nómadas durante la juventud de la tierra, tallando en la roca virgen aquellos santuarios en los que no habían dejado de practicar sus cultos religiosos. Ahora que había más luz, pude examinar las pinturas con más detenimiento; y recordando que los extraños reptiles debían de representar a los hombres desconocidos, pensé en las costumbres imperantes en la ciudad sin nombre. Había muchas cosas inexplicables. La civilización, que incluía un alfabeto escrito, había llegado a alcanzar, al parecer, un grado superior al de aquellas otras inmensamente posteriores de Egipto y de Caldea; aunque noté omisiones singulares. Por ejemplo, no pude descubrir ninguna representación de la muerte o de las costumbres funerarias, salvo en las escenas de guerra, de violencia o de plagas; así que me preguntaba por qué esta reserva respecto de la muerte natural. Era como si hubiesen abrigado un ideal de inmortalidad como una ilusión esperanzadora.

Más cerca del final del pasadizo había pintadas escenas de máximo exotismo y extravagancia: vistas de la ciudad sin nombre que ahora contrastaban por su despoblación y su creciente ruina, y de un extraño y nuevo reino paradisíaco hacia el que la raza se había abierto camino con sus cinceles a través de la roca. En estas perspectivas, la ciudad y el valle desierto aparecían siempre a la luz de la luna, con un halo dorado flotando sobre los muros derruidos y medio revelando la espléndida perfección de los tiempos anteriores, espectralmente insinuada por el artista. Las escenas paradisíacas eran casi demasiado extravagantes para que resultaran creíbles, retratando un mundo oculto de luz eterna, lleno de ciudades gloriosas y de montes y valles etéreos. Al final, me pareció ver signos de un anticlímax artístico. Las pinturas se volvieron menos hábiles y mucho más extrañas, incluso, que las más disparatadas de las primeras. Parecían reflejar una lenta decadencia de la antigua estirpe, a la vez que una creciente ferocidad hacia el mundo exterior del que les había arrojado el desierto. Las formas de las gentes -siempre simbolizadas por los reptiles sagrados- parecían ir consumiéndose gradualmente, aunque su espíritu, al que mostraban flotando por encima de las ruinas bañadas por la luna, aumentaba en proporción. Unos sacerdotes flacos, representados como reptiles con atuendos ornamentales, maldecían el aire de la superficie y a cuantos seres lo respiraban; y en una terrible escena final se veía a un hombre de aspecto primitivo -quizá un pionero de la antigua Irem, la Ciudad de los Pilares-, en el momento de ser despedazado por los miembros de la raza anterior. Recuerdo el temor que la ciudad sin nombre inspiraba a los árabes, y me alegré de que más allá de este lugar, los muros grises y el techo estuviesen desnudos de pinturas.

Mientras contemplaba el cortejo de la historia mural, me fui acercando al final del recinto de techo bajo, hasta que descubrí una entrada de la cual subía la luminosa fosforescencia. Me arrastré hasta ella, y dejé escapar un alarido de infinito asombro ante lo que había al otro lado; pues en vez de descubrir nuevas cámaras más iluminadas, me asomé a un ilimitado vacío de uniforme resplandor, como supongo que se vería desde la cumbre del monte Everest, al contemplar un mar de bruma iluminada por el sol. Detrás de mí había un pasadizo tan angosto que no podía ponerme de pie; delante, tenía un infinito de subterránea refulgencia.

Del pasadizo al abismo descendía un pronunciado tramo de escaleras -de peldaños pequeños y numerosos, como los de los oscuros pasadizos que había recorrido-; aunque unos pies más abajo los ocultaban los vapores luminosos. Abatida contra el muro de la izquierda, había abierta una pesada puerta de bronce, increíblemente gruesa y decorada con fantásticos bajorrelieves, capaz de aislar todo el mundo interior de luz, si se cerraba, respecto de las bóvedas y pasadizos de roca. Miré los peldaños, y de momento, me dio miedo descender por ellos. Tiré de la puerta de bronce, pero no pude moverla. Luego me tumbé boca abajo en el suelo de losas, con la mente inflamada en prodigiosas reflexiones que ni siquiera el mortal agotamiento podía disipar.

Mientras estaba tendido, con los ojos cerrados y pensando libremente, me volvieron a la conciencia muchos detalles que había observado de pasada en los frescos con un significado nuevo y terrible; escenas que representaban la ciudad sin nombre en su esplendor, la vegetación del valle que la rodeaba, y las tierras distantes con las que sus mercaderes comerciaban. La alegoría de las criaturas reptantes me desconcertaba por su universal distinción, y me asombraba que se conservase con tanta insistencia en una historia de tal importancia. En los frescos se representaba la ciudad sin nombre guardando la debida proporción con los reptiles. Me preguntaba cuáles serían sus proporciones reales y su magnificencia, y medité un momento sobre determinadas peculiaridades que había notado en las ruinas. Me parecía extraña la escasa altura de los templos primordiales y del corredor del subsuelo, tallado indudablemente por deferencia a las deidades reptiles que ellos adoraban; aunque, evidentemente, obligaban a los adoradores a reptar. Quizá los mismos ritos comportaban esta imitación de las criaturas adoradas. Sin embargo, ninguna teoría religiosa podía explicar por qué los pasadizos horizontales que se intercalaban en ese espantoso descenso eran tan bajos como los templos... o más, puesto que no era posible permanecer siquiera de rodillas. Al pensar en las criaturas reptiles, cuyos espantosos cuerpos momificados tenía tan cerca de mí, sentí un nuevo sobresalto de terror. Las asociaciones de la mente son muy extrañas; y me encogí ante la idea de que, salvo el pobre hombre primitivo despedazado de la última pintura, la mía era la única forma humana, en medio de las numerosas reliquias y símbolos de vida primordial.

Pero en mi extraña y errabunda existencia, el asombro siempre se imponía a mis temores; pues el abismo luminoso y lo que podía contener planteaban un problema valiosísimo para el más grande explorador. No me cabía duda de que al pie de aquella escalera de peldaños singularmente pequeños había un mundo extraño y misterioso, y esperaba encontrar allí los recuerdos humanos que las pinturas del corredor no me habían podido ofrecer. Los frescos representaban ciudades y valles increíbles de esta región inferior, y mi imaginación se demoraba en las ricas ruinas que me esperaban.

Mis temores, efectivamente, se relacionaban más con el pasado que con el futuro. Ni siquiera el horror físico de mi situación en aquel angosto corredor de reptiles muertos y frescos antediluvianos, millas por debajo del mundo que yo conocía, y ante ese otro mundo de luces y brumas espectrales, podía compararse con el miedo que sentía ante la abismal antigüedad del escenario y de su espíritu. Una antigüedad tan inmensa que empequeñecía todo cálculo parecía mirar de soslayo desde las rocas primordiales y los templos tallados de la ciudad sin nombre, mientras que los últimos mapas asombrosos de los frescos mostraban océanos y continentes que el hombre ha olvidado, cuyos contornos eran vagamente familiares. Nadie sabía qué podía haber sucedido en las edades geológicas ya que las pinturas se interrumpían, y la resentida y rencorosa raza había sucumbido a la decadencia. En otro tiempo, estas cavernas y la luminosa región que se abría más allá habían hervido de vida; ahora, me encontraba solo entre estas vívidas reliquias, y temblaba al pensar en los incontables siglos durante los cuales dichas reliquias habían mantenido una vigilia muda y abandonada.

De pronto, me invadió nuevamente aquel agudo terror que de cuando en cuando me asaltaba desde que había visto el terrible valle y la ciudad sin nombre bajo la fría luna; y a pesar de mi cansancio, me sorprendí a mí mismo incorporándome frenéticamente, y mirando hacia el oscuro corredor, hacia los túneles que subían al mundo exterior. Me dominó el mismo sentimiento que me había hecho abandonar la ciudad sin nombre por la noche, y que era tan inexplicable como acuciante. Un momento después, sin embargo, sufrí una impresión aún mayor en forma de un ruido definido: el primero que quebraba el absoluto silencio de estas profundidades sepulcrales. Fue un gemido bajo, profundo, como de una multitud lejana de espíritus condenados; y provenía del lugar hacia donde yo miraba. El rumor fue creciendo rápidamente, y no tardó en resonar de forma espantosa por el bajo pasadizo. Al mismo tiempo, tuve conciencia de una corriente de aire frío, cada vez más fuerte, idéntica a la que brotaba de los túneles y barría la ciudad. El contacto de ese viento pareció devolverme el equilibrio, porque instantáneamente recordé las súbitas ráfagas que se levantaban en torno a la entrada del abismo en el amanecer y el crepúsculo, una de las cuales, efectivamente, me había revelado los túneles secretos. Consulté mi reloj y vi que faltaba poco para amanecer, así que me preparé para resistir el vendaval que regresaba a su caverna, del mismo modo que había salido al atardecer. Mi miedo disminuyó otra vez, ya que un fenómeno natural tiende a disipar las lucubraciones sobre lo desconocido.

Cada vez entraba con más violencia el quejumbroso y aullante viento de la noche, precipitándose en el abismo subterráneo. Me dejé caer de nuevo boca abajo, y me agarré vanamente al suelo, temiendo que me arrastrara por la puerta y me precipitara en el abismo fosforescente. No me había esperado una furia semejante; y al darme cuenta de que, en efecto, me iba deslizando por el suelo hacia el abismo, me asaltaron mil nuevos terrores imaginarios. La malignidad de aquella corriente despertó en mí increíbles figuraciones; una vez más me comparé, con un estremecimiento, a la única imagen humana del espantoso corredor, al hombre despedazado por la desconocida raza; porque los zarpazos demoníacos de los torbellinos parecían contener una furia vindicativa tanto más fuerte cuanto que me sentía casi impotente. Cerca del final, creo que grité frenéticamente -casi enloquecido-; si fue así, mis gritos se perdieron en aquella babel infernal de espíritus aulladores. Traté de retroceder arrastrándome contra el torrente invisible y homicida, pero no podía afianzarme siquiera, y seguía siendo arrastrado lenta e inexorablemente hacia el mundo desconocido. Por último, se me debió de trastornar la razón, y empecé a balbucear, una y otra vez, aquel inexplicable dístico del árabe loco Abdul Alhazred, que soñó con la ciudad sin nombre:

«Que no está muerto lo que yace eternamente,
Y con el paso de los evos, aun la muerte puede morir».


Sólo los ceñudos y severos dioses del desierto saben lo que ocurrió en realidad; qué forcejeos y luchas sostuve en la oscuridad, o qué Abaddón me guió de nuevo a la vida, donde siempre habré de recordar, y estremecerme, cuando sopla el viento de la noche, hasta que el olvido o algo peor me reclame. Fue monstruoso, inmenso, antinatural... muy lejos de cuanto el hombre pueda concebir, salvo en las primeras horas silenciosas y detestables de la madrugada, cuando uno no puede dormir.

He dicho que la furia del viento era infernal -cacodemoníaca-, y que sus voces eran espantosas a causa de una perversidad reprimida durante eternidades de desolación. Luego, estas voces, aunque delante de mí seguían siendo caóticas, imaginó mi cerebro enfebrecido que adoptaban forma articulada detrás; y allá en la tumba de unas antigüedades muertas hacía innumerables evos, leguas debajo del mundo diurno de los hombres, oí horribles maldiciones y gruñidos de demonios de extrañas lenguas. Al volverme, vi recortarse contra el éter luminoso del abismo lo que no podía verse en la oscuridad del corredor: una horda pesadillesca de seres que se precipitaban, de demonios semitransparentes distorsionados por el odio, grotescamente ataviados, y pertenecientes a una raza que nadie habría podido confundir: la de las criaturas reptiles de la ciudad sin nombre.

Cuando se calmó el viento, me envolvió la negrura más absoluta de las entrañas de la tierra; porque detrás de la última de las criaturas, la gran puerta de bronce se cerró de golpe con un estruendo ensordecedor de música metálica cuyos ecos ascendieron hasta el mundo distante para saludar al sol naciente, como lo saluda Memnón desde las orillas del Nilo.

H.P. Lovecraft

Clonacion y realidad


El anuncio de la clonación del primer ser humano hace pensar, no sin preocupación, que la ciencia ficción está a punto de convertirse en realidad. Sin embargo, muchos científicos se han pronunciado en contra del mito de la clonación alegando que la idea de una réplica exacta de un ser humano, o de un ejército de soldados idénticos marchando, es absurda, según informó Reuters.

Según los científicos, independientemente de los temores de la gente, un clon nunca sería una réplica de la persona clonada sino algo más parecido a un hermano gemelo que nace dos o tres generaciones después.

"Incluso los gemelos idénticos, en los que el ADN es idéntico, son diferentes debido a la influencia del medio ambiente", explicó Janet Rowley, profesora de medicina de la Universidad de Chicago y miembro de la Junta de Bioética de la presidencia de Estados Unidos, que se reunió para debatir este tema a principios del 2002.

La relativa influencia de los genes frente al medio ambiente en el desarrollo de un individuo constituye un debate que se ha prolongado por más de un siglo, enmarcado generalmente en el contexto de "naturaleza contra crianza".

Sir Francis Galton, psicólogo británico del siglo XIX y primo de Charles Darwin, introdujo la idea de que las principales características de la humanidad son hereditarias y que la sociedad podría y debería reproducirse de manera selectiva para mejorarse, lo que se conoce como eugenesia.

Defectos en animales
Gran parte de la preocupación pública sobre la clonación está fundamentada en la posibilidad de que la eugenesia se lleve a la práctica. Las creencias asociadas con la compañía que llevó a cabo la supuesta clonación del primer ser humano han exacerbado estos temores.

Dicha compañía, Clonaid, considera que seres extraterrestres crearon a la humanidad.

La mayoría de los científicos concuerda con que es irresponsable clonar seres humanos porque el procedimiento no se ha perfeccionado con animales.

Científicos han clonado ovejas, vacas, ratones y otros animales con resultados mixtos. Algunos de los clones han desarrollado defectos posteriormente y los científicos temen que lo mismo pueda sucederles a los clones humanos.

"Resulta muy difícil imaginar que pronto comprenderemos todo lo que esto involucra, por lo que hacerlo con seres humanos es una locura", dijo Barry Zirkin, presidente de la división de biología reproductora de la Universidad Johns Hopkins.

La presidenta de Clonaid, que pertenece a la secta de los Raelianos, un grupo que cree que la vida en la Tierra fue creada por clonaciones de extraterrestres que llegaron hace 25.000 años, anunció el viernes pasado en Florida que había logrado el primer clon de un ser humano, pero no ofreció pruebas.

Algunos científicos consideran que sólo se necesita tiempo para perfeccionar la técnica de la clonación. Otros alegan que en ciertas situaciones sería adecuado clonar. Por ejemplo, como procedimiento sustituto de la fertilización in vitro para parejas infértiles.

Aun cuando la clonación consiste en el trasplante de un núcleo celular completo y no de genes específicos --lo que constituye el principio detrás de la ingeniería genética-- es, de hecho, un intento de producir un bebé con características determinadas.

Siniestro y cómico
La idea de reproducir a determinadas personas, ya sea a escala individual o masiva, ha tenido efectos siniestros y cómicos en la cultural popular. En la comedia de ciencia ficción "Sleeper" (El dormilón), dirigida por Woody Allen en 1973, el personaje encarnado por el propio Allen se ve 200 años en el futuro haciendo fracasar un plan para clonar a un difunto tirano al robar lo que quedaba del dictador: su nariz.
En la película de 1978, "The Boys from Brazil" (Los niños del Brasil), basada en la novela de Ira Levin, el médico nazi Josef Mengele trabaja en la selva sudamericana para clonar a Adolfo Hitler y recrear el Tercer Reich.

Pero muchos científicos opinan que, independientemente de lo terribles o cómicas que estas escenas parezcan, siguen siendo una fantasía. "Los genes no fueron los culpables de que Hitler fuera como fue", dijo Bonnie Steinbock, profesora de filosofía de la Universidad Estatal de Nueva York, en Albany, quien se dedica al estudio de la bioética. "Si uno tratara de clonar a Hitler, podría obtener (un clon con) la personalidad de Thomas Jefferson", agregó.

Esto podría desalentar a quienes imaginan que pueden reemplazar a un ser querido que ha fallecido.

La clonación "no reemplazará a un niño que ha muerto", dijo Zirkin. "Sería terrible para un niño crecer pensando que es el sustituto o sustituta de alguien que murió".

viernes, 9 de enero de 2009

La verdad sobre el caso del señor Valdemar


No pretenderé, naturalmente, opinar que no exista motivo alguno para asombrarse de que el caso extraordinario del señor Valdemar haya promovido una discusión. Sería un milagro que no hubiera sucedido así, especialmente en tales circunstancias. El deseo de todas las partes interesadas en mantener el asunto oculto al público, al menos hasta el presente o hasta que haya alguna oportunidad ulterior para otra investigación, y nuestros esfuerzos a ese efecto han dado lugar a un relato mutilado o exagerado que se ha abierto camino entre la gente, y que llegará a ser el origen de muchas falsedades desagradables, y, como es natural, de un gran descrédito.

Se ha hecho hoy necesario que exponga los hechos, hasta donde los comprendo yo mismo. Helos sucintamente aquí:

Durante estos tres últimos años ha sido repetidamente atraída mi atención por el tema del mesmerismo o hipnotismo animal, y hace nueve meses, aproximadamente, se me ocurrió de pronto que en la serie de experimentos efectuados hasta ahora existía una muy notable y muy inexplicable omisión: nadie había sido aún hipnotizado in articulo mortis. Quedaba por ver, primero, si en semejante estado existía en el paciente alguna sensibilidad a la influencia magnética; en se gundo lugar, si, en caso afirmativo, estaba atenuada o aumentada por ese estado; en tercer lugar, cuál es la extensión y por qué período de tiempo pueden ser detenidas las intrusiones de la muerte con ese procedimiento. Había otros puntos que determinar; pero eran éstos los que mas excitaban mi curiosidad, el último en particular, dado el carácter enormemente importante de sus consecuencias.

Buscando a mi alrededor algún sujeto por medio del cual pudiese comprobar esas particularidades, acabé por pensar en mi amigo el señor Ernesto Valdemar, compilador muy conocido de la Bibliotheca Forensica y autor (bajo el nom de plume de Issachar Marx) de las traducciones polacas de Wallenstein y de Gargantúa. El señor Valdemar, que había residido principalmente en Harlem. N. Y., desde el año de 1839, es (o era) notable sobre todo por la excesiva delgadez de su persona – sus miembros inferiores se parecían mucho a los de John Randolp – y también por la blancura de sus cabellos, que, a causa de esa blancura, se confundían de ordinario con una peluca. De marcado temperamento nervioso, esto le hacía ser un buen sujeto para las experiencias magnéticas. En dos o tres ocasiones le había yo dormido sin dificultad; pero me sentí defraudado en cuanto a otros resultados que su peculiar constitución me había hecho, por supuesto, esperar. Su voluntad no quedaba en ningún momento positiva o enteramente bajo mi influencia, y respecto a la clairvoyance (clarividencia), no pude realizar con él nada digno de mención. Había yo atribuido siempre mi fracaso a esas cuestiones relacionadas con la alteración de su salud. Algunos meses antes de conocerle, sus médicos le habían diagnosticado una tisis comprobada. Era, en realidad, costumbre suya hablar con toda tranquilidad de su cercano fin como de una cuestión que no podía ni evitarse ni lamentarse.

Respecto a esas ideas a que he aludido antes, cuando se me ocurrieron por primera vez, pensé como era natural, en el señor Valdemar. Conocía yo la firme filosofía de aquel hombre para temer cualquier clase de escrúpulos por su parte, y no tenía él parientes en América que pudiesen, probablemente, intervenir. Le hablé con toda franqueza del asunto, y ante mi sorpresa, su interés pareció muy excitado. Digo ante mi sorpresa, pues aunque hubiese él cedido siempre su persona por libre albedrío para mis experimentos, no había demostrado nunca hasta entonces simpatía por mis trabajos. Su,enfermedad era de las que no admiten un cálculo exacto con respecto a la época de su término mortal. Quedó, por último, convenido entre nosotros que me mandaría llamar veinticuatro horas antes del período anunciado por sus médicos como el de su muerte.

Hace más de siete meses que recibí la siguiente esquela del propio señor Valdemar:

«Mi querido P***:

»Puede usted venir ahora. D*** y F** están de acuerdo en que no llegaré a las doce de la noche de mañana, y creo que han acertado con el plazo exacto o poco menos.

VaIdemar. »

Recibí esta esquela una media hora después de haber sido escrita, y a los quince minutos todo lo más, me encontraba en la habitación del moribundo. No le había visto en diez días, y me quedé aterrado de la espantosa alteración que en tan breve lapso se había producido en él. Su cara tenía un color plomizo, sus ojos estaban completamente apagados, y su delgadez era tan extremada, que los pómulos habían perforado la piel. Su expectoración era excesiva. El pulso, apenas perceptible. Conservaba, sin embargo, de una manera muy notable sus facultades mentales y alguna fuerza física. Hablaba con claridad, tomaba algunas medicinas calmantes sin ayuda de nadie, y cuando entré en la habitación, se ocupaba en escribir a lápiz unas notas en un cuadernito de bolsillo. Estaba incorporado en la cama, gracias a unas almohadas. Los doctores D*** y F*** le prestaban asistencia.

Después de haber estrechado la mano del señor Valdemar, llevé a aquellos caballeros aparte y obtuve un minucioso informe del estado del paciente. El pulmón izquierdo se hallaba desde hacía ocho meses en un estado semióseo o cartilaginoso y era, por consiguiente, de todo punto inútil para cualquier función vital. El derecho, en su parte superior, estaba también parcial, si no totalmente osificado, mientras la región inferior era sólo una masa de tubérculos purulentos, conglomerados. Existían varias perforaciones extensivas, y en cierto punto había una adherencia permanente de las costillas. Estas manifestaciones en el lóbulo derecho eran de fecha relativamente reciente. La osificación había avanzado con una inusitada rapidez; no se había descubierto ningún signo un mes antes, y la adherencia no había sido observada hasta tres días antes. Con independencia de la tisis, se sospechaba un aneurisma de la aorta, en el paciente; pero sobre este punto, los síntomas de osificación hacían imposible un diagnóstico exacto. En opinión de los dos médicos, el señor Valdemar moriría alrededor de medianoche del día siguiente (domingo). Eran entonces las siete de la noche del sábado.

Al separarse de la cabecera del doliente para hablar conmigo, los doctores D*** y F*** le dieron un supremo adiós. No tenían intención de volver; pero, a requerimiento mío, consintieron en venir a visitar de nuevo al paciente hacia las diez de la noche inmediata.

Cando se marcharon hablé libremente con el señor Valdemar sobre su cercana muerte, así como en especial del experimento proyectado. Se mostró decidido a ello con la mejor voluntad, ansioso de efectuarlo, y me apremió para que comenzase en seguida. Estaban allí para asistirle un criado y una sirvienta; pero no me sentí bastante autorizado para comprometerme en una tarea de aquel carácter sin otros testimonios de mayor confianza que el que pudiesen aportar aquellas personas en caso de accidente repentino. Iba a aplazar, pues, la operación hasta las ocho de la noche siguiente, cuando la llegada de un estudiante de Medicina, con quien tenia yo cierta amistad (el señor Teodoro L***l), me sacó por completo de apuros. Mi primera intención fue esperar a los médicos; pero me indujeron a obrar en seguida, en primer lugar, los apremiantes ruegos del señor Valdemar, y en segundo lugar, mi convicción de que no podía perder un momento, pues aquel hombre se iba por la posta.

El señor L***l fue tan amable, que accedió a mi deseo de que tomase notas de todo cuanto ocurriese, y gracias a su memorándum, puedo ahora relatarlo en su mayor parte, condensando o copiando al pie de la letra.

Faltarían unos cinco minutos para las ocho, cuando, cogiendo la mano del paciente, le rogué que manifestase al señor L***l, lo más claramente que le permitiera su estado, que él (el señor Valdemar) tenía un firme deseo de que realizara yo el experimento de hipnotización sobre su persona en aquel estado.

Replicó él, débilmente, pero de un modo muy audible:

– Sí, deseo ser hipnotizado – añadiendo al punto – : Temo que lo haya usted diferido demasiado.

Mientras hablaba asi, comencé a dar los pases que sabía ya eran los más eficaces para dominarle. Estaba él, sin duda, influido por el primer pase lateral de mi mano de parte a parte de su cabeza; pero, aunque ejercité todo mi poder, no se manifestó ningún efecto hasta unos minutos después de las diez, en que los doctores D*** y F*** llegaron, de acuerdo con la cita. Les expliqué en pocas palabras lo que me proponía hacer, y como ellos no opusieron ninguna objeción, diciendo que el paciente estaba ya en la agonía, proseguí, sin vacilación, cambiando, no obstante, los pases laterales por otros hacia abajo, dirigiendo exclusivamente mi mirada a los ojos del paciente.

Durante ese rato era imperceptible su pulso, y su respiración estertorosa y con intervalos de medio minuto.

Aquel estado continuó inalterable casi durante un cuarto de hora. Al terminar este tiempo, empero, se escapó del pecho del moribundo un suspiro natural, aunque muy hondo, y cesó la respiración estertorosa, es decir, no fue ya sensible aquel estertor; no disminuían los intervalos. Las extremidades del paciente estaban frías como el hielo.

A las once menos cinco percibí signos inequívocos de la influencia magnética. El movimiento giratorio de los ojos vidriosos se convirtió en esa expresión de desasosegado examen interno que no se ve nunca más que en los casos de somnambulismo, y que no se puede confundir. Con unos pocos pases laterales rápidos hice estremecerse los párpados, como en un sueño incipiente, y con otros cuantos más se los hice cerrar. No estaba yo satisfecho con esto, a pesar de todo, por lo que proseguí mis manipulaciones de manera enérgica y con el más pleno esfuerzo de voluntad, hasta que hube dejado bien rígidos los miembros del durmiente, después de colocarlos en una postura cómoda, al parecer. Las piernas estaban estiradas por entero; los brazos, casi lo mismo, descansando sobre el lecho a una distancia media de los riñones. La cabeza estaba ligeramente levantada.

Cuando hube realizado esto eran las doce dadas, y rogué a los caballeros allí presentes que examinasen el estado del señor Valdemar. Después de varias pruebas, reconocieron que se hallaba en un inusitado y perfecto estado de trance magnético. La curiosidad de ambos médicos estaba muy excitada. El doctor D*** decidió en seguida permanecer con el paciente toda la noche, mientras el doctor F*** se despidió, prometiendo volver al despuntar el día. El senor L***l y los criados se quedaron allí.

Dejamos al señor Valdemar completamente tranquilo hasta cerca de las tres de la madrugada; entonces me acerqué a él, y le encontré en el mismo estado que cuando el doctor F*** se marchó, es decir, tendido en la misma posición. Su pulso era imperceptible; la respiración, suave (apenas sensible, excepto al aplicarle un espejo sobre la boca); los ojos estaban cerrados con naturalidad, y los miembros, tan rígidos y f.ríos como el mármol. A pesar de todo el aspecto general no era en modo alguno el de la muerte.

Al acercarme al señor Valdemar hice una especie de semiesfuerzo para que su brazo derecho siguiese al mío durante los movimientos que éste ejecutaba sobre uno y otro lado de su persona. En experimentos semejantes con el paciente no había tenido nunca un éxito absoluto, y de seguro no pensaba tenerlo ahora tampoco; pero, para sorpresa mía, su brazo siguió con la mayor facilidad, aunque débilmente, todas las direcciones que le indicaba yo con el mío. Decidí arriesgar unas cuantas palabras de conversación.

– Señor Valdemar – dije –, ¿duerme usted?

No respondió, pero percibí un temblor en sus labios, y eso me indujo a repetir la pregunta una y otra vez. A la tercera, todo su ser se agitó con un ligero estremecimiento; los párpados se levantaron por sí mismos hasta descubrir una linea blanca del globo; los labios se movieron perezosamente, y por ellos, en un murmullo apenas audible, salieron estas palabras:

– Sí, duermo ahora. ¡No me despierte!... ¡Déjeme morir así!

Palpé sus miembros, y los encontré más rígidos que nunca. El brazo derecho, como antes, obedecía la dirección de mi mano... Pregunté al somnámbulo de nuevo:

– ¿Sigue usted sintiendo dolor en el pecho, señor Valdemar?

La respuesta fue ahora inmediata, pero menos audible que antes:

– No siento dolor... ¡Estoy muriendo!

No creí conveniente molestarle más, por el momento, y no se dijo ni se hizo ya nada hasta la llegada del doctor F***, que precedió un poco a la salida del sol; manifestó su asombro sin límites al encontrar al paciente todavía vivo. Después de tomarle el pulso y de aplicar un espejo a sus labios, me rogó que hablase de nuevo al somnámbulo. Asi lo hice, diciendo.

– Señor Valdemar, ¿sigue usted dormido?

Como antes, pasaron algunos minutos hasta que llegó la respuesta, y durante ese intervalo el yacente pareció reunir sus energías para hablar. Al repetirle por cuarta vez la pregunta, dijo él muy débilmente, de un modo casi ininteligible:

– Sí, duermo aún... Muero.

Fue entonces opinión o más bien deseo de los médicos que se dejase al señor Valdemar permanecer sin molestarle en su actual y, al parecer, tranquilo estado, hasta que sobreviniese la muerte, lo cual debía de tener lugar, a juicio unánime de ambos, dentro de escasos minutos. Decidí, con todo, hablarle una vez más, repitiéndole simplemente mi pregunta anterior.

Cuando lo estaba haciendo se produjo un marcado cambio en la cara del somnámbulo. Los ojos giraron en sus órbitas despacio, las pupilas desaparecieron hacia arriba, la piel tomó un tinte general cadavérico, pareciendo no tanto un pergamino como un papel blanco, y las manchas héticas circulares, que antes estaban muy marcadas en el centro de cada mejilla, se disiparon de súbito. Empleo esta expresión porque lo repentino de su desaparición me hizo pensar en una vela apagada de un soplo. El labio superior al mismo tiempo se retorció, alzándose sobre los dientes, que hacía un instante cubría por entero, mientras la mandíbula inferior cayó con una sacudida perceptible, dejando la boca abierta por completo y al descubierto, a simple vista, la lengua hinchada y negruzca. Supongo que todos los presentes estaban acostumbrados a los horrores de un lecho mortuorio; pero el aspecto del señor Valdemar era en aquel momento tan espantoso y tan fuera de lo imaginable, que hubo un retroceso general alrededor del lecho.

Noto ahora que he llegado a un punto de este relato en que todo lector, sobrecogido, me negará crédito. Es mi tarea, no obstante, proseguir haciéndolo.

No había ya en el señor Valdemar el menor signo de vitalidad, y llegando a la conclusión de que había muerto, le dejábamos a cargo de los criados cuando observamos un fuerte movimiento vibratorio en la lengua. Duró esto quizá un minuto. Al transcurrir, de las separadas e inmóviles mandíbulas salió una voz tal, que sería locura intentar describirla. Hay, en puridad, dos o tres epítetos que podrían serle aplicados en cierto modo; puedo decir, por ejemplo, que aquel sonido era áspero, desgarrado y hueco; pero el espantoso conjunto era indescriptible, por la sencilla razón de que sonidos análogos no han hecho vibrar nunca el oido de la Humanidad. Había, sin embargo, dos particularidades que – así lo pensé entonces, y lo sigo pensando – pueden ser tomadas justamente como características de la entonación, como apropiadas para dar una idea de su espantosa peculiaridad. En primer lugar, la voz parecía llegar a nuestros oídos – por lo menos, a los míos – desde una gran distancia o desde alguna profunda caverna subterránea. En segundo lugar, me impresionó (temo realmente que me sea imposible hacerme comprender) como las materias gelatinosas o viscosas impresionan el sentido del tacto.

He hablado a la vez de «sonido» y de «voz». Quiero decir que el sonido era de un silabeo claro, o aún más, asombrosa, espeluznantemente claro. El señor Valdemar hablaba, sin duda, respondiendo a la pregunta que le había yo hecho minutos antes. Le había preguntado, como se recordará, si seguía dormido. Y él dijo ahora:

– Sí, no; he dormido..., y ahora..., ahora... estoy muerto.

Ninguno de los presentes fingió nunca negar o intentó reprimir el indescriptible y estremecido horror que esas pocas palabras, así proferidas, tan bien calculadas, le produjeron. El señor L***l (el estudiante) se desmayó. Los criados huyeron inmediatamente de la habitación, y no pudimos inducirles a volver a ella. No pretendo hacer inteligibles para el lectar mis propias impresiones. Durante una hora casi nos afanamos juntos, en silencio – sin pronunciar una palabra – nos esforzamos en hacer revivir al señor L***l. Cuando volvió en sí proseguimos juntos de nuevo el examen del estado del señor Valdemar.

Seguía bajo todos los aspectos tal como he descrito últimamente, a excepción de que el espejo no recogía ya señales de respiración. Una tentativa de sangría en el brazo falló. Debo mencionar también que ese miembro no estaba ya sujeto a mi voluntad. Me esforcé en balde por que siguiera la dirección de mi mano. La única señal real de influencia magnética se manifestaba ahora en el movimiento vibratorio de la lengua cada vez que dirigía yo una pregunta al señor Valdemar. Parecía él hacer un esfuerzo para contestar, pero no tenía ya la suficiente voluntad. A las preguntas que le hacía cualquier otra persona que no fuese yo, parecía absolutamente insensible, aunque procuré poner a cada miembro de aquella reunión en relación magnética con él. Creo que he relatado cuanto es necesario para hacer comprender el estado del somnámbulo en aquel período. Buscamos otros enfermeros, y a las diez salí de la casa en compañía de los dos médicos y del señor L***l.

Por la tarde volvimos todos a ver al paciente. Su estado seguía siendo exactamente el mismo. Tuvimos entonces una discusión sobre la conveniencia y la posibilidad de despertarle, pero nos costó poco trabajo ponernos de acuerdo en que no serviría de nada hacerlo. Era evidente que, hasta entonces, la muerte (o lo que suele designarse con el nombre de muerte) había sido detenida por la operación magnética. Nos pareció claro a todos que el despertar al señor Valdemar sería, sencillamente, asegurar su instantáneo o, por lo menos, su rápido fin.

Desde ese período hasta la terminación de la semana última – en un intervala de casi siete meses – seguimos reuniéndonos todos los días en casa del señor Valdemar, de cuando en cuanda acompañados de médicos y otros amigos. Durante ese tiempo, el somnánbulo seguía estando exactamente tal como he descrito ya. La vigilancia de los enfermeros era continua.

Fue el viernes último cuando decidimos, por fin, efectuar el experimento de despertarle, o de intentar despertarle, y es acaso el deplorable resultado de este último experimento el que ha dado origen a tantas discusiones en los círculos privados, en muchas de las cuales no puedo por menos de ver una credulidad popular injustificable. A fin de sacar al señor Valdemar del estado de trance magnético, empleé los acostumbrados pases. Durante un rato resultaron infructuosos. La primera señal de su vuelta a la vida se manifestó por un descenso parcial del iris. Observamos como algo especialmente notable que ese descenso de la pupila iba acompañado de un derrame abundante de un licor amarillento (por debajo de los párpados) con un olor acre muy desagradable.

Me sugirieron entonces que intentase influir sobre el brazo del paciente, como en los pasados días. Lo intenté y fracasé. El doctor F*** expresó su deseo de que le dirigiese una pregunta. Lo hice del modo siguiente:

– Señor Valdemar, puede usted explicarnos cuáles son ahora sus sensaciones o deseos?

Hubo una reaparición instantánea de los círculos héticos sobre las mejillas; la lengua se estremeció, o más bien se enrolló violentamente en la boca (aunque las mandíbulas y los labios siguieron tan rígidos como antes), y, por último, la misma horrenda voz que ya he descrito antes prorrumpió:

– ¡Por amor de Dios!... De prisa.-., de prisa..., hágame dormir o despiérteme de prisa..., ¡de prisa!... ¡Le digo que estoy muerto!

Estaba yo acorbadado a más no poder, y durante un momento permanecí indeciso sobre lo que debía hacer. Intenté primero un esfuerzo para calmar al paciente, pero al fracasar, en vista de aquella total sus pensión de la voluntad, cambié de sistema, y luché denodadamente por despertarle. Pronto vi que esta tentativa iba a tener un éxito completo, o, al menos, me imaginé que sería completo mi éxito, y estoy seguro de que todos los que permanecían en la habitación se preparaban a ver despetar al paciente.

Sin embargo, es de todo punto imposible que ningún ser humano estuviera preparado para lo que ocurrió en la realidad.

Cuando efectuaba yo los pases magnéticos, entre gritos de «¡Muerto, muerto!», que hacían por completo explosión sobre la lengua, y no sobre los labios del paciente, su cuerpo entero, de pronto, en el espacio de un solo minuto, o incluso en menos tiempo, se contrajo, se desmenuzó, se pudrió terminantemente bajo mis manos. Sobre el 1echo, ante todos los presentes, yacía una masa casi líquida de repugnante, de aborrecible putrefacción.

Edgar Allan Poe

jueves, 8 de enero de 2009

Jack el destripador

También conocido como Jack the ripper en ingles, fue un asesino en serie que asoló Londres hace más de un siglo y del cual nunca se supo realmente la identidad.
Cinco crímenes perpetuados en Whitechapel hacia 1888, que hoy, por el escaso número de víctimas hubiesen ocupado pocas líneas en los diarios, en su momento revolucionaron Londres y el mundo entero.
Aunque no hay certeza absoluta respecto a los 5 crimenes, ya que se duda si el asesinato de una mujer, también prostituta, el 6 de agosto de ese mismo año, y que respondía al nombre de Martha Tabram, fue también obra suya.

Durante cien años, investigadores, detectives, policías y muchos aficionados han tratado de establecer un perfil psicológico que ayudase a determinar la personalidad o el nombre del asesino, pero hasta ahora solo se han podido identificar los nombres de unos posibles sospechosos. Tal vez por ese motivo Jack el Destripador se ha convertido en el asesino en serie más conocido de la historia. Su nombre nos evoca una silueta entre la niebla del Londres Victoriano, una sombra con capa y sombrero negros que ataca a sus víctimas y desaparece para siempre de la escena del crimen... no en vano se han escrito sobre él cientos de libros, canciones, óperas y películas. Es la perfecta historia de suspense, el gran misterio sin resolver.

Víctimas
Las víctimas eran mujeres que ganaban un salario como prostitutas ocasionales. Los asesinatos típicos de Jack eran perpetrados en un lugar público o semipúblico. La garganta de la víctima era cortada de izquierda a derecha (por lo que, en un primer momento se sugirió que sería diestro, aunque luego se vio la posibilidad de un corte realizado agarrando a la víctima por detrás), a lo que le seguía una mutilación abdominal, aunque en algunos casos dichas mutilaciones se extendían a otras partes del cuerpo. Muchos creen hoy en día que las víctimas eran estranguladas previamente para silenciarlas. Debido a la naturaleza de las heridas en varias de las presuntas víctimas del Destripador, algunas con órganos internos extraídos, como el útero, se ha propuesto la idea de que el asesino tuviera un cierto grado de conocimiento de anatomía. Por este motivo, puede ser que se tratase de un médico, cirujano, o incluso un carnicero, aunque esto, como la mayoría de las creencias sobre el asesino y hechos sobre el caso, está muy discutido.

Las cinco víctimas generalmente atribuidas a Jack son:
* Mary Ann Nichols
* Annie Chapman
* Elizabeth Stride
* Catherine Eddows
* Mary Jane Kelly
En ocasiones se ha incluido en la lista a Martha Tabram y Emma Smith, halladas muertas el 6 y el 11 de agosto de 1888 respectivamente, aunque el modus operandi no concuerda con el de los otros crímenes.

Los Asesinatos
El primer crimen oficial, y el que reconocen todas las crónicas, es el del 31 de agosto de 1888, Mary Ann Nicholls (alias Polly), prostituta y alcohólica, que muere violentamente. Según el atestado forense "Las heridas infligidas a la víctima han sido hechas por persona experta, que hizo los cortes con absoluta precisión y limpieza".
El segundo crimen de la serie sucede el 8 de septiembre del mismo año. Annie Chapman (prostituta y alcohólica, como las demás) es asesinada de idéntica forma.
Justo en ese mes, el 27 de septiembre, la policía recibió la primera carta firmada por “Jack el destripador". Enviada a la Central News Agency, de Fleet Street y escrita con tinta roja (un detalle de humor negro), en ella se escribía: "No cejaré en mi tarea de destripar putas. Y lo seguiré haciendo hasta que me atrapen. El último trabajo salió bordado... Retengan esta carta, sin hacerla pública, hasta mi próximo trabajo... No les importe llamarme por mi nombre artístico".
Después de una larga lista de asesinatos, mutilaciones y crímenes, el 30 de septiembre, la policía recibe la segunda carta de Jack el destripador: "Mi querido jefe: ...Gracias por haber retenido mi carta anterior hasta este momento, en que de nuevo me he echado a la calle para trabajar"
El 9 de noviembre de 1888 Jack el Destripador se despide con el descuartizamiento de Marie Kelly, también prostituta y alcohólica. Fue muerta en su habitación que alquilaba en la calle Miller's Court nº 13 de Whitchapel. La mujer fue encontrada tendida de espaldas sobre su lecho, desnuda, con las orejas, la nariz y los senos arrancados. Analizando las fotos de la época se observó claramente escrito en una pared las iniciales "FM", estas letras encajaban perfectamente con las iniciales de la "fucking mother (puta madre)", como James Maybrick escribía en su supuesto diario, Florence Maybrick, supuesta mujer de éste.

El asesino
John Grieve, un ex comisario jefe adjunto de Scotland Yard, hizo el primer retrato robot de "Jack el destripador" con los testimonios de trece personas que afirmaron haber visto al supuesto asesino, que estranguló y mutiló a cinco prostitutas en el este de la capital británica.

Los investigadores creen que tenía buena conducta además de una capacidad innata para mezclarse entre la muchedumbre y han llegado a la conclusión de que fue interrogado seguramente por la Policía, que lo descartó porque su aspecto normal no delataba a un sádico como el que buscaban.

Además de tener conocimientos de anatomía, como se ha señalado antes, el asesino debía de tener una buena posición económica pues en varios escenarios del crimen se encontraron uvas, que por aquella época eran muy caras.

En la época existieron muchas sospechas aunque ninguna fue demostrada. La más peligrosa (para el sistema social) fue la de que JacK no era otro que Edward, el duque de Clarence, hijo del rey Eduardo VII, que murió, a los 28 años, después de esta serie de asesinatos .

Sin conocer nunca quien fue el causante, la leyenda tiene asegurada una larga vida.

Wekufe


El concepto de Wekufe es amplio, y tiene múltiples usos, ya sea como sujeto, cualidad o agente, dependiendo estas del punto de referencia o situación que se tome. Generalmente es usado como nombre genérico de los seres míticos que por lo común son dañinos para el ser humano.

Igualmente se indican que estos seres son entidades vivientes materiales, sutiles o extracorpóreas que proyectan o provendrían de las fuerzas o energías wekufes, energías que se caracterizan por su tendencia a perturbar y/o destruir el equilibrio existente el mar y la tierra; siendo las causantes de las enfermedades, destrucción, muerte y otras calamidades que sufre el Mapuche. Por ello también a los Wekufes se los suele asociar o asimilar impropiamente con el Gualicho, y/o incluso con el concepto de Daimon de los griegos u otras denominaciones que tienen esta característica similar, aunque no serían sinónimos de Wekufe

Posteriormente a la llegada de los españoles a América, al igual que con el Gualicho, los misioneros asociarían incorrectamente a los Wekufes y usarían la palabra como sinónimo del diablo, los demonios o de una fuerza del mal o diabólica; hecho que provocaría confusión y cambiaría parcialmente el concepto de Wekufe hasta la actualidad, e incluso dentro del mismo pueblo Mapuche.

Leyenda
Los mapuche cuentan en sus leyendas que los wekufes provendrían del Minchenmapu, lugar al oeste y fuera del Mapu (tierra en mapuche, aunque Mapu aquí hace referencia a la tierra conocida en la cosmovisión mapuche tradicional). Estos seres se habrían originado de las fuerzas o energías que tienen tendencia a perturbar y/o destruir el equilibrio; y a diferencia de todo ser viviente y espíritu que poseen su propia ánima, los Wekufes serían los únicos seres que no posee ánima propia.

La llegada de los wekufes al Mapu se habría producido por culpa de la antigua batalla que tuvieron los espíritus Pillanes, la cual provoco que el admapu fuera quebrado y todo el Wenumapu (mundo del bien) fuera revuelto y con ello se provocara el cese de su perfecta armonía. Aquella lucha había revuelto también al al Minchenmapu, con lo cual los wekufes y los Laftraches, que hasta entonces habían quedado confinados en el minchenmapu, pudieron escapar; por lo cual desde entonces pueder recorrer también el Mapu y habitar en el Mag Mmapu (el mundo del mal, al oeste bajo el Mapu). Entre estos Wekufes, los más conocidos serían Trelke-wekufe (el cuero), y el Canillo.

Los Wekufes y su relación con los Calcus
Se dice que muchos Wekufes permitirían ser manipulados por los Calcus (hechicero mapuche, equivalente a un brujo), para que estos los utilicen como un medio místico de obtener poder, y para ser utilizados para "enfermar" y matar a otras personas. Esta sería la razón de porque se dice que el Calcu poderozo heredaría el espíritu Wekufe de un ancestro que también fue Calcu y serían sirviente de los wekufes.

Para ser utilizado para enfermar, el Calcu haría que el Wekufe se introdujera al cuerpo del enfermo; generalmente en forma de algún pequeño fragmento de madera, de una paja o una lagartija, o directamente mediante el ataque como entidades vivientes sutiles o extracorpóreas que proyectan energía wekufe del desequilibrio.

El Wekufe y su relación con los muertos
Igualmente el Wekufe tiene el poder de adueñarse y esclavizar al pillú (ánima del muerto reciente que se resiste a alejarse de su cuerpo), mientras esta no se transforme en en espíritu alwe.(espíritu más maduro). El calcu también se aprovecharía de esta cualidad, para utilizar a su wekufe como medio para atrapar a los pillü. Al ser atrapada el pillü este sería también utilizado para hacer daño a otras personas.

Los Wekufes y su relación con otros espíritus antiguos
Los Wekufes también pueden ser enviados por los espíritus o se les permitiría hacer daño, si el Mapuche no ha realizado los gillatunes; por haberse burlado o no creído en un Machi; por ingerir comida sin haber solicitado permiso previo de caza o recolección al espíritu Ngen de la especie, sea esta animal, vegetal o mineral, y principalmente por no respetar las leyes del admapu.

Protección y cura
En la tradición Mapuche, el tener al wekufe en el cuerpo se dice en el idioma secreto o sagrado de las Machi: kalüleluuk'len ("estar en el cuerpo"). Para ser extraído el Wekufe se debe realizar la ceremonia del machitún.

Para mantener al wekufe alejado de la comunidad Mapuche, igualmente siempre se debe realizar la ceremonia del Nguillatún, "Para que Ngenechén y los Pillanes no permitan que los Wecufes actúen.

Igualmente para identificar y tener tiempo de protegerse de un Calcu que pueda estar utilizando a un Wekufe, se dice que estos generalmente estarían vestidos de un color negro compacto como único color en la vestimenta.

Otros usos de la palabra wekufe
La denominación Uecuvu Mapu o, aún mejor escrito: Wekufe Mapu, traducido frecuentemente al castellano como País del Diablo; igualmente utilizo la palabra como parte de la toponimia para señalar a ciertas zonas particularmente inhospitas del Comahue y la Patagonia, por ejemplo la desierta y fría travesía que se ubica hacia las coordenadas [mostrar el lugar en un mapa interactivo] 36°22′S 68°43′O / -36.367, -68.717 en el sureste de la provincia de Mendoza y los confines occidentales de la provincia de La Pampa, otro "Uecuvu Mapu" temido se ubicaba en las más desoladas y ventosas mesetas del centro de la Patagonia.

miércoles, 7 de enero de 2009

El Mensaje apocaliptico de la Virgen en La Salette

Todo se creerá perdido y no se verán más que homicidios; no se sentirán más que rumores de armas y blasfemias. Los justos sufrirán mucho. La Tierra será golpeada por todo tipo de plagas; habrá guerras, hasta que vendrá la última que será deseada por los diez Reyes del Anticristo.

El 19 de Septiembre de 1846, en las montañas de este pequeño pueblo cercano a Grenoble, a las 6 de la mañana se apareció la Santísima Virgen a dos pastorcitos, Melania Calvat y Maximino Giraud. Por instrucciones de la misma Virgen María, el secreto que entonces les confió debía permanecer oculto hasta 1858.

Esta es una de las apariciones más trascendentales de todos los tiempos, sobre todo porque la Virgen nos habla – con mucha anticipación, - del anticristo y de su época, que es la nuestra.

El Mensaje de La Salette (1846)
La Virgen a los niños Melania y Massimino
"Si mi pueblo no quiere someterse, estaré obligada a dejar libre la mano de mi Hijo... Si lo recogido se echa a perder, la culpa es sólo vuestra... Habrá grandes penurias. Antes de que el hambre llegue, los niños de menos de siete años serán presa de temblores y morirán en los brazos de quienes los tendrán... Los curas, ministros de mi Hijo, por su vida malvada, crucifican nuevamente a mi Hijo... Dios está a punto de castigar de forma ejemplar. ¡Ay de los habitantes de la Tierra! Dios se descargará de Su Cólera y nadie podrá sustraerse a tantos males reunidos... Dios permitirá a la antigua serpiente imponer la división entre los reinantes. Toda la sociedad y toda las familias sufrirán penas físicas y morales. Dios abandonará a sí mismos a los hombres y enviará castigos... La sociedad se encuentra en vigilia de terribles flagelos... En el año 1864 Lucifer será liberado de sus ataduras del infierno junto a un gran número de demonios y éstos abolirán la fe, incluso en las personas consagradas a Dios...

Todo se creerá perdido y no se verán más que homicidios; no se sentirán más que rumores de armas y blasfemias. Los justos sufrirán mucho. La Tierra será golpeada por todo tipo de plagas; habrá guerras, hasta que vendrá la última que será deseada por los diez Reyes del Anticristo. Estos Reyes tendrán todos un mismo fin y serán los únicos que gobernarán el mundo... Antes de que esto ocurra, habrá una falsa paz, no se pensará más que en divertirse... La naturaleza reclama venganza contra los hombres y tiembla de espanto por lo que deberá acaecer en la Tierra. ¡Tiembla Tierra! Y temblad vosotros que profesáis servir a Jesucristo.

...Será en ese tiempo cuando nacerá el Anticristo... Las estaciones cambiarán, la tierra no producirá más que frutos amargos; los astros cambiarán su movimiento regular, la Luna no reflejará más que una pálida luz rosácea. El agua y el fuego provocarán un movimiento convulsivo a la Tierra y horribles terremotos lo destruirán todo... Roma perderá la fe y se convertirá en el asiento del Anticristo... Dios cuidará a Sus servidores y a los hombres de buena voluntad; llamará a los apóstoles de los últimos tiempos y a los fieles discípulos de Jesucristo que han vivido en el desprecio del mundo y de sí mismos... Es tiempo de que salgan a llevar claridad a la Tierra. Id y mostraros como mis hijos dilectos. ¡Combatid, hijos de la Luz, vosotros, pequeño núcleo que ve! He aquí que llega el tiempo de los tiempos y el fin de todo...

Pero he aquí que Enoch y Elías, llenos del Espíritu de Dios, predicarán con el Espíritu de Dios, y muchos hombres de buena voluntad creerán en El y serán consolados. Ellos condenarán los errores diabólicos del Anticristo. ¡Ay de los habitantes de la Tierra! Habrá guerras sangrientas, hambre, peste y enfermedades contagiosas. Habrá lluvias y tempestades espantosas... terremotos que engullirán a las naciones. La sangre correrá por doquier...

Enoch y Eliás serán asesinados... La Roma pagana desaparecerá, el fuego caerá del Cielo sobre tres ciudades... Toda la Tierra será sacudida por el terror... El Sol se oscurecerá... He aquí la bestia con sus secuaces que se elevará con orgullo en el aire para ir hasta el Cielo. Pero será sofocada por el soplo de Miguel Arcángel... El Rey de las tinieblas caerá... y entonces, el agua y el fuego purificarán la Tierra... Todo será renovado... Hijos míos, vosotros haréis conocer esto a todo mi pueblo".

Portales a otra Dimension

Son infinitas las razones por las cuales muchas personas desaparecen y nunca son encontradas, desde asesinatos hasta abducciones extraterrestres, pero existen otras causas que rara vez se tienen en cuenta como posibilidad, y son las que comúnmente se denominan “puertas dimensionales”, que no son mas que agujeros o circuitos atemporales que pueden estar localizados en cualquier parte de la naturaleza.

Muchos aseguran que son creados por fuerzas magnéticas que se han condicionado a un determinado lugar y que tienen la característica principal de ser un vehículo, que en el mejor de los casos, te puede transportar a un lugar diferente y en el peor de ellos a tener una fuerza gravitatoria tan alta que de inmediato te fulminaría.

Uno de los casos mas curioso e impactante es el que sucedió en un pequeña localidad de islas Canarias, España, llamado Barranco de Badajoz.

Nos remontamos al año 1905. Se cuenta que los padres de una niña enviaron a su hija al barranco en busca de frutas pero ésta desapareció y no volvió a su casa. La zona fue rastreada completamente por vecinos y amigos de los padres, los cuáles desesperados buscaban a su hija sin encontrarla por ningún lado. Finalmente, desanimados, la dieron por desaparecida.Varios años más tarde, 1958 para ser especificos, la niña regresó a su casa, asombrosamente con el mismo aspecto que tenía al marcharse aquel día a buscar frutas, como si los años no hubieran transcurrido para ella. La niña contó a los atónitos lugareños que había llegado al barranco buscando las frutas que sus padres le habían encargado, que recogió las peras y fue camino a su casa. Ella pensaba que sólo habían pasado unas horas, sin embargo habían pasado más de 50 años.

La busqueda de la inmortalidad

La inmortalidad es el concepto de existir infinitamente, o con una duración indeterminada de tiempo. A través de la historia, los humanos han tenido el deseo de vivir para siempre. De qué forma un ser puede vivir un interminable o indefinido tiempo, o si esto es posible, es un asunto de muchas especulaciones, fantasías, y debates.



En culturas primitivas la sangre de animales siempre ha sido el portador de sus cualidades, por eso beberla las transfería al hombre. Así que beber la sangre (o comerse) a un hombre equivalía a absorber su "energía vital", que se añadía a la propia para prolongar la vida. De ahí el mito hace a los vampiros sedientos de sangre para permitirles vivir eternamente. Con el progreso de la civilización esta práctica evolucionó; al conocerse la función del hígado como órgano purificador de la sangre, parecía obvio que era él el que regeneraba la vida del individuo; así encontramos a este órgano como protagonista en la mayoría de los menús caníbales y de las recetas para prolongar la vida.

La condesa Isabel Bathory, de la nobleza rumana, tenía su propio método para vivir eternamente, y este era el de bañarse en la sangre de los campesinos que contrataba como sirvientes. Cuando ya no encontraba "voluntarios" los secuestraba.

Como en una novela de terror esta macabra práctica termina cuando su primo, el conde de Cyorgy Tharzo, al mando de un destacamento de soldados, prende a la condesa en su castillo de Csjthes la noche del 30 de Diciembre de 1610.

Al entrar al gran salón descubre horrorizado el cadáver de una muchacha desangrada , a otra aún viva con su cuerpo lleno de miles de punciones y a una tercera ya moribunda con huellas de haber sufrido terribles torturas. Bajo el castillo y en sus alrededores se desenterraron cientos de cadáveres.
Elizabeth Bathory

Pero no todas las historias de la búsqueda de la inmortalidad son truculentas. El aliento también ha sido considerado sinónimo de vida, se pensaba que con el último aliento se expulsaba el alma, y además el aliento divino daba vida. Por eso en la época romana, y según cuenta una inscripción de entonces en mármol, Claudio Hermippus aseguraba haber prolongado su vida hasta los 115 años gracias a aspirar de forma continuada el aliento de jovencitas.
Cuanto más pasaba el tiempo más cuenta se daba el hombre que los métodos que había ido probando eran inútiles y que ninguno permitía prolongar la vida, así cada vez los sistemas eran más pintorescos y extravagantes, ora se necesitaba ingerir extraños elixires con componentes exóticos (cuerno de unicornio, mandragora, etc.) y difíciles de conseguir, ora seguir procesos escabrosos...

El conde Cagliostro, noble nacido en Palermo en 1743, tenía una técnica "infalible" para regenerar el cuerpo y poder vivir más. La técnica intentaba reproducir el proceso sufrido por los gusanos que se envolvían en su capullo de seda y renacían como mariposas, y si ellas podían hacerlo, nosotros también. Por eso su método consistía en desnudarse y tumbarse en una cama, envolver en una manta al individuo y dejarlo reposar durante un mes alimentándolo sólo con caldo de pollo. Cagliostro aseguraba que pasados unos días el individuo empezaba a perder el pelo y a caérsele los dientes hasta llegar a un estado de debilidad extremo, a partir del que se empezaría un proceso regenerativo que devolvería al infeliz sus dientes y pelo junto con la juventud. La ciencia corrobora la primera parte del experimento, la acción del escorbuto y la falta de ingestión de vitamina C haría que el individuo perdiera rápidamente el pelo y los dientes, sin embargo el resto del experimento no llegaría nunca a buen fin, y nadie más volvió a proponer tal barbaridad.

Otros métodos también quisieran imitar a la naturaleza, intentando partir de cero para "nacer de nuevo". Cuenta la historia que en Toledo, allá por el año 1434, vivía Don Enrique de Villena, escritor y nigromante, que sintiendo cerca la hora de su muerte llamó a su criado negro en el que confiaba plenamente y le dio las siguientes instrucciones: que nada más morir le descuartizara minuciosamente y metiera sus restos en una cuba preparada con una extraña pócima, la cuba se hallaba escondida entre un montón de estiércol que daría calor al preparado. Y para que nadie notara su ausencia el criado llevaría el sombrero de su amo durante los nueve meses que duraba el experimento, con él el criado adquiriría el aspecto de su amo y nadie notaría su muerte. Y así fue, y el criado se paseó por Toledo con el sombrero durante meses y todos creían ver al amo, pero cierto día se encontró de bruces con una procesión del viático a la que no pudo esquivar, y mientras pasaba el sacerdote con los santos óleos todos se iban descubriendo, menos el criado. Pero un vecino indignado por la irreverencia le quitó el sombrero y entonces todos vieron de nuevo al criado negro. Fue conducido ante el Santo Oficio acusado de brujería y de matar a su señor, ante lo que no tuvo más que confesar lo ocurrido y conducir a la Santa Hermandad hasta el estercolero en el que se escondía la cuba. Estos, convencidos que allí obraba más el diablo que Dios, rompieron la cuba y se derramó sobre el suelo un líquido viscoso en el que flotaba lo que parecía un feto de pocos meses.

Muy parecida historia se cuenta de un brujo de Gottinga durante el siglo XVIII llamado Johannes de Philadelphia, conocido entre la nobleza por sus trucos de magia y encantamientos. Murió en 1777 rodeado de misterio y se encontró en un tonel que se abrió a destiempo en el que habían metido sus restos un embrión humano a medio desarrollar.

La pócima que se metió en estos toneles sigue siendo un misterio, pero casos similares de extraños elixires se encuentras diseminados por toda la Historia. Un tratado atribuido a Paracelso titulado "De Tinctura Physicorum" (la tintura de los físicos) que data de 1570, habla de una extraña pintura con la que los médicos egipcios habrían vivido hasta 150 años. Si bien es cierto que en la edad media comienzan a venderse elixires milagrosos de manera ambulante por todos los rincones de Europa, también es la época en la que la alquimia florece para transformarse más tarde en química. La alquimia tuvo dos metas principales: la piedra filosofal con la de convertir los metales en oro y la búsqueda del elixir de la vida.

Salomón Trimosín fue un alquimista Europeo nacido en 1490, aunque no se sabe cuándo murió. De él se cuenta que vivió más de cien años gracias a su elixir, que le habría rejuvenecido varias veces regenerando sus cabellos, enderezando su columna y limpiando de arrugas su cara. Cuando se le preguntó que cuánto pensaba vivir contestó que hasta el Día del Juicio Final. Eran corrientes por el siglo XVI y XVII las historias de rejuvenecimientos súbitos entre los alquimistas y las prolongaciones antinaturales de sus vidas, todo gracias al llamado oro potable o elixir de la larga vida, que sería la disolución de la Piedra Filosofal en agua destilada, capaz de eliminar de manera selectiva el agua pesada de los tejidos haciendo que estos no envejecieran. Consumiendo una gota del elixir cada seis meses se provocaría la eliminación de todas las toxinas del cuerpo, luego se caerían la uñas, dientes y cabellos que más tarde se recuperarían como nuevos, al cabo del tiempo se iría perdiendo la necesidad de comer y la de evacuar, siendo suficiente la transpiración para eliminar líquidos. Esa sería la causa de que se supiera la fecha de nacimiento de muchos alquimistas pero no la de su muerte, como ocurre con la del francés del siglo XV Jean Lallemant.

El alquimista más conocido fue el célebre Saint Germain, que empezó sus andanzas por este mundo en el siglo XVIII. Voltaire escribía sobre él a Federico II de Prusia que era un "hombre que nunca muere y conoce todas las cosas". Su primera aparición histórica data de 1743 en Londres, donde empezaron a correr rumores de que era mucho más viejo de lo que aparentaba.

Como era conde se codeaba con la nobleza y hablaba de hechos históricos de siglos pasados con tal cantidad de datos y detalles que parecía haber sido testigo ocular, de hecho decía haber conocido a Julio César y a Poncio Pilatos.

Se cuentan diversas anécdotas suyas, una de ellas habla del encuentro en casa de Madame Pompadour con la condesa Gerhy cierto día de 1750, la cual había estado 50 años antes en Venecia cuando su marido era embajador de dicha República. La condesa se acercó a Saint Germain y le preguntó:
Conde de Saint Germain

- Caballero, ¿tendríais la bondad de decirme si vuestro padre residía en Venecia en 1700?
- No señora -respondió el conde- pues hace mucho más tiempo que perdí a mi padre. Era yo quien vivía en Venecia a finales del siglo pasado y a comienzos del presente. Tuve entonces el honor de haceros la corte y vos tuvisteis la bondad de elogiar algunas barcarolas compuestas por mí y que cantábamos juntos.
- Perdonad mi franqueza, pero eso no es posible. El conde Saint Germain de entonces tenía 45 años y vos no representáis más edad en estos momentos.
- Señora, -contestó esbozando una sonrisa- soy mucho más viejo de lo que suponéis.
- Según esa cuenta, deberías tener más de 100 años.
- Es posible que los rebase...

Los que conocieron al conde notaron que nunca aparecía cansado, que jamás se le veía comer ni beber a pesar de los innumerables banquetes a los que asistió y nunca se interesó sexualmente por las mujeres. La fecha oficial de su muerte es la de 1784, en el castillo de Landgrave de Carlos de Hesse-Cassel, y en ausencia de éste. Muchos dicen no tener pruebas de su fallecimiento. A partir de esa fecha se asegura haberle visto en distintos lugares y en diversas épocas: 1785 en Rusia, 1792 en París, en 1867 en una reunión de la Gran Logia en Milán, en 1896 la teósofa Annie Besant dijo haberse encontrado con él, y en muchos más lugares y fechas hasta bien entrado nuestro siglo. En Viena existe el testimonio del rosacruz Franz Gräffer; el conde anunció su despedida así: "Hacia final de siglo desapareceré de Europa, iré a la región del Himalaya, reposaré... Me volverán a ver dentro de 85 años, día a día. Adiós, os quiero."

Otros volvían al cabo de 100 o 300 años después de haber estado "hibernando" o "durmiendo" en alguna parte de este u otro mundo. Son multitud las leyendas populares que hablan de personas que desaparecieron, se perdieron o fueron raptadas para luego aparecer de nuevo tras muchos años como si para ellos hubieran transcurrido sólo unas horas. Se habla de zonas en las que el espacio-tiempo está alterado, de modo que cuando alguien pasa por allí permanece en un estado de adormecimiento o "sueño encantado" gracias a veces a una comida o bebida, algunos al volver al tiempo normal sufren en un momento los estragos de la edad que se saltaron.

Es célebre la historia de los "siete durmientes de Éfeso", que se refugiaron en una cueva huyendo del edicto que proclamó contra los cristianos el emperador romano Decio en el siglo III. Sin que ellos se percataran estuvieron allí 187 años, cuando salieron al exterior apenas les duró la alegría unas semanas, fueron muriendo uno a uno presas de un súbito envejecimiento. Un caso más reciente lo encontramos en la historia que cuentan los tinerfeños de San Juan: una niña salió a buscar peras y entró en una cueva en la que quedó dormida. Cuando despertó y salió al exterior habían pasado 30 años, aunque ella conservaba el mismo aspecto y edad que cuando desapareció.

Todas estas búsquedas de la juventud han marcado a la humanidad desde el comienzo. Lo intentaron los egipcios momificando a sus muertos, fue y es usado por multitud de credos para sus propios fines, cuando los exploradores españoles se aventuraban en el continente americano buscaron hasta morir el Dorado y la Fuente de la eterna Juventud. Con la llegada de la ciencia se empezó a buscar una solución más modesta que vivir siempre, y era la de retrasar la muerte o aparentar juventud, así nacieron los cosméticos y progresó la medicina moderna. ¿Está ahora más cerca el Hombre de conseguir su sueño?, es cierto que la esperanza de vida actual es la más alta de la historia, y si para la antigua Grecia un hombre de 40 años ya era viejo ahora podemos esperar vivir hasta los 90. ¿Dónde está el límite? En recientes experimentos con monos se ha observado que si no se fuma ni bebe en exceso, si se hace ejercicio y si se sigue una dieta variada pero espartana (comer un 30% menos de calorías de lo normal) alarga la vida hasta un 40%. También la genética puede ayudar a la humanidad a vivir más y mejor; el gen SOD1 es que el que regula la eliminación de los radicales libres que oxidan nuestro organismo y le hacen envejecer, así una alteración genética que añada otro gen SOD1 alarga la vida hasta un 40%, al menos así ocurrió con los animales de laboratorio. Otro camino que busca alargar la vida consiste en retrasar la edad en la que se tengan hijos, puesto que lo que "busca" la naturaleza es perpetuar los genes de cada individuo, y una vez que por la edad ya no se puede procrear, el ser ya no necesita vivir, si se tienen hijos un poco más tarde en cada generación, según las modernas teorías genetistas, cada vez se vivirá más.

ENP 001: La desaparición de SSIIAABB

En el primer capítulo de "El No Podcast" de La Matriz Secreta hablaremos de manera distendida de la desaparición de SSIIAABB alias...